“El fondo del corazón es árido. El hombre siembra sólo aquello que puede… y lo cuida”. Stephen King, Cementerio de animales
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Alias Gardelito-Kid Ñandubay | Bernardo Kordon

Alias Gardelito-Kid Ñandubay, de Bernardo Kordon (Grupo Editor Mil Botellas, 2009, 180 páginas).

Por José María Marcos (*)

Reseñar hoy un libro de Bernardo Kordon (1915-2002) implica, en primer lugar, hacer un esfuerzo por brindar aunque sea brevemente un repaso de la trayectoria del autor, su lugar dentro de la literatura y cómo circuló su obra.
Publicó una decena de novelas breves, un centenar de relatos impecables y algunos ensayos, muchos de los cuales fueron reeditados con cierta regularidad hasta mediados de los años 80. Su primer libro de cuentos, La vuelta de Rocha, apareció en 1936 cuando tenía 21 años, mediante la Agrupación de Jóvenes Escritores, y, de algún modo, prefiguró su búsqueda en los márgenes de la literatura y de la vida.
En el estudio preliminar de la antología El misterioso cocinero volador y otros relatos (Centro Editor de América Latina, 1982), Jorge Rivera marcó así este punto: “Esta primera entrega (...) era publicitada en los difundidos cancioneros populares que editaban por entonces la vieja casa editora de Alfredo Angulo y sus similares, junto con los libros de 0,40 centavos como La mascota de la suerte para los enamorados, el Repertorio poético de Fernando Ochoa, el Almanaque de los sueños y los destinos, Sangre del suburbio, de Iván Diez, Derecho a matar, de Barón Biza, las obras de Alemany Villa, ‘el mago de la declamación’, y los libros de la célebre Colección Aventuras. (...) Se trataba, por cierto, de una insólita y audaz elección de circuito, en la que seguramente no se hubiese embarcado el 90% de los escritores argentinos de la época, pero que marca de manera muy nítida la ruptura con ciertos esquemas, la falta de prejuicios sociales y culturales del autor, la exploración de nuevas capas de lectores potenciales, la intuición de la diversidad de estratos culturales y ‘masas de sentimientos’ del universo popular y la certera percepción de un mundo marginado, e inclusive subestimado, que busca y cultiva sus propios modelos culturales”.
No es casual entonces que hoy sea una pequeña editorial (Mil Botellas) la que se haga eco desde La Plata de este autor porteño que puso su mirada en las orillas, tanto a la hora de propagar su obra como en los textos mismos, donde los personajes preferidos suelen ser vagabundos, prostitutas, ladrones, estafadores, seres “cuya vida misma es un fragmento (..), sin relaciones estables con nadie, sin lugar fijo donde vivir”, como lo puntualiza Juan José Sebreli en la introducción de Un taxi amarillo y negro en Pakistán y otros relatos kordonianos (Sudamericana, 1986).
Las historias elegidas para esta nueva edición son Toribio Torres, alias “Gardelito” (1956) y Kid Ñandubay (1971), con dos personajes centrales que comparten cierta mirada maravillada de la realidad, el inicio de un viaje en busca de “algo” que los libere de la carga de sus días y el cruce con otras almas sin rumbo en medio de ese tránsito. No obstante, cada protagonista subjetivará las contingencias del azar de distinta manera y, por eso, sus destinos terminarán siendo bien diferentes.
La aventura de Toribio Torres (un pícaro culposo) es fundamentalmente una saga de extrañamiento de un tucumano perdido en la ciudad de Buenos Aires, y al mismo tiempo que es una suerte de relato sobre el absurdo existencial, también es una puesta en escena de los conflictos y carencias raigales. Desde esta base, el autor muestra sutilmente los móviles inconscientes del mundo del delito, al cual Toribio se acercará para romper su monotonía y comenzará estafando con la ayuda del perro Pucky. Luego engañará a una mujer que busca un novio, se hará pasar por cantor de tangos, mentirá a diestra y siniestra y, al final, se vinculará con una red de profesionales del hampa. En ese trayecto, será Fiacini quien le cante la posta del asunto: “Yo puedo ayudarte, pero tenés que prometerme una cosa: nada de raterías. Hay cosas grandes para hacer y el peor negocio es robar porque te echa a perder los otros”. Toribio irá dándole sentido a su vida y revelará su verdadera necesidad de ser mirado en una ciudad que no le pertenece: “Yo soy un cuentero, y puedo hacer un teatro mejor... Pero voy a otra cosa: ¿nunca te dedicaste a mirar a una persona cuando está sola y no sabe que la están observando? Se siente fuera del escenario y entonces es igual que ver una bolsa de papas con ropa de gente. El tipo se mete el dedo en la nariz, se pone frente al espejo con su cara más idiota, abre la boca para verse la lengua, se tira en la cama o da vueltas alrededor de la pieza. Ese tipo y un gusano son la misma cosa”. Quizás, por eso, la sentencia de Toribio sobre sus víctimas “Una persona que necesita amor, lo concede; quien ambiciona dinero, termina por darlo” será la que forje su propia desventura.
En cambio, Jack Berstein (a quien en un circo apodarán Kid Ñandubay) es un boxeador fracasado, quien reconstruye su vida hilvanando recuerdos de una manera que le permiten transformarse en un “combatiente”. A la inversa de Toribio, se va de Buenos Aires a recorrer provincias y ciudades pequeñas tras el sueño de encontrar su suerte. A lo largo de ese raid, recreará su iniciación como boxeador, su partida del barrio y su amistad con los fiocas (hombres que viven de las mujeres) y los lanzas (ladrones). Recordará por qué comenzó a vagabundear de un lado para el otro y cómo se metió en un circo, llegando a ser parte del elenco de “Juan Moreira”, una de las obras preferidas del público, y al repasar un artículo periodístico de esos años dirá: “Y yo sigo leyendo estos recortes, no tanto por las cosas que dicen, sino también por todo eso que no dicen”. Porque lo importante no son los hechos, sino cómo él mismo los evoque. Porque “Era preferible ser un linyera, pero buen boxeador, que un payaso viajando en primer clase”. Porque “todo hombre respeta a un combatiente y esta es mi profesión, aunque casi siempre no me da para comer”.
En el prólogo a estas obras, Germán García —desde su cercanía con el autor, sumado a la formación literaria y psicoanalítica— brinda una posible perspectiva de lectura: “Es conocida la foto de Bernardo Kordon junto a Mao. Menos conocido, estoy seguro, es el libro de Kordon llamado Viaje nada secreto al país de los misterios: China extraña y clara. La clave de este libro es descifrar China, incluyendo su política, desde el teatro: ‘¿Acaso el más genial de los directores no era el mismo Mao? Supo conducir a ochocientos millones de chinos a representar su propio rol, al extremo de que perdieron la cuenta de que todos interpretaban’. Cualquiera sea el valor que tenga para la descripción de China, la afirmación anterior revela la percepción que Kordon tenía de la vida que trama en esa extraña obra clara que se llama realista porque limita con la infancia, el sueño, el fracaso del amor, las secuelas de la muerte en la vida”.
Con Alias Gardelito-Kid Ñandubay, el Grupo Editor Mil Botellas nos da una oportunidad de regresar a un valioso autor, que yendo “de lo particular a lo universal, del vasto espejo del mundo a cierto entrañable rincón del barrio de Almagro” (como dijo Jorge Rivera) sigue teniendo cosas para decirnos en su afán por comprender qué significa la vida de un hombre en medio de los misterios y los avatares de la existencia.

(*)Los Asesinos Tímidos, viernes 23 de octubre de 2009.

Presentan dos novelas cortas de Bernando Kordon, con prólogo de Germán García

Juan M. Bellini, Verónica Stedile, Germán García, Sofía Silva y Ramón D. Tarruella, en el Centro Cultural de la Cooperación.
El Grupo Editor Mil Botellas presentó en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543, de la ciudad de Buenos Aires) un libro con dos novelas de Bernardo Kordon —Toribio Torres, alias “Gardelito” y Kid Ñandubay— y prólogo de Germán García.
El acontecimiento tuvo lugar el lunes 10 de agosto en la sala Jacobo Lacks, con la presencia del propio Germán García y los integrantes de la editorial: Verónica Stedile, Germán García, Ramón D. Tarruella, Juan Manuel Bellini y Sofía Silva.
En la ocasión se habló de la figura del autor, dentro de la literatura argentina, y del proyecto del grupo platense Mil Botellas, que viene desarrollando una constante y paciente tarea editorial, siendo este libro una de sus últimas producciones.
Bernardo Kordon (1915-2002) publicó su primer libro de cuentos, La vuelta de Rocha, en 1936, cuando tenía 21 años, y sus obras se editaron hasta mediados de los 80.
Toribio Torres, alias “Gardelito”, de 1956, y Kid Ñandubay, de 1971, son dos obras representativas de una prolífica obra. “A nuestro juicio —dijo Ramón Tarruella durante la presentación—, Kordon alcanza su mejor expresión en las novelas breves, y, por ello, elegimos estas historias”.
Uno de los aciertos de la edición es el prólogo de Germán García, quien aporta ideas para repensar la obra del autor llamado a la ligera como “escritor realista”. Dice por ejemplo: “Es conocida la foto de Bernardo Kordon junto a Mao. Menos conocido, estoy seguro, es el libro de Kordon llamado Viaje nada secreto al país de los misterios: China extraña y clara. La clave de este libro es descifrar China, incluyendo su política, desde el teatro: ‘¿Acaso el más genial de los directores no era el mismo Mao? Supo conducir a ochocientos millones de chinos a representar su propio rol, al extremo de que perdieron la cuenta de que todos interpretaban’. Cualquiera sea el valor que tenga para la descripción de China, la afirmación anterior revela la percepción que Kordon tenía de la vida que trama en esa extraña obra clara que se llama realista porque limita con la infancia, el sueño, el fracaso del amor, las secuelas de la muerte”. Luego concluye: “El conjunto de libros de Bernardo Kordon nunca fue estudiado más allá de la evocación de lo más genérico (su relación con la literatura ‘realista’). Comenzar a leerlo, ver las transformaciones que se producen de un libro a otro, quizá permita comprender que su obra es algo más extraña de lo que parece, que su condición de ‘judío de habla española’ lo relaciona con algo singular que Kordon resuelve también de manera clara y singular”.
Sin duda se trata de un libro recomendable para empezar a leer a un gran autor argentino. Más información: http://milbotellas.blogspot.com/

José María Marcos: la imaginación en la literatura realista

¿Cómo no van a ser verdaderas (estas historias) si las inventé del comienzo al fin? (Bernardo Kordon).

José María Marcos: Mientras escribía el Prólogo de Engranajes de Sangre, y trataba de ser concreto (para no demorar a los lectores en el encuentro con lo más importante), pensaba en una cuestión que no incorporé a esa introducción, pero que juzgo adecuada al reflexionar sobre el valor de estos cuentos.
Este punto está referido a la función de la imaginación en la literatura realista.
Para abordar esta idea recurrí a uno de los escritores que más admiro de este género. En su libro Historias de sobrevivientes, Bernardo Kordon dice algo que le calza justo a Nicolás: “Por supuesto estas historias son rigurosamente reales. Lo digo con palabras de Pablo Neruda: ‘Hablo de verdades. Dios me libre de inventar cosas’. Tales verdades implican una buena parte de fantasía: sin ella no hay literatura posible, ni siquiera una modesta literatura realista (…). Parodiando a Boris Vian: ¿Cómo no van a ser verdaderas (estas historias) si las inventé del comienzo al fin?”.
En mi Prólogo coloqué a Engranajes de Sangre en la tradición de creadores como Kordon y, por este motivo, creo que hay que remarcar que estos cuentos no son meros cuadros costumbristas, sino que son relatos que tienden a desentrañar mecanismos invisibles. Y justamente en ese esfuerzo la imaginación juega un papel clave para echar luz sobre aspectos privados que condicionan los comportamientos públicos.
Por ejemplo, en el cuento que da título al libro, el autor nos presenta a su protagonista de esta manera: “Dominga no iba a explicar que dos de esos niños habían sido el fruto de violaciones. Hombres como él (su hermano). Habían llegado una noche y en una noche se habían ido. Nunca se lo explicaría porque no era necesario”. Luego, al hablar de los hijos de Dominga, cuenta: “Los niños jugaban en la tierra. Jugaban con las piedritas. Las pateaban para ver quién llegaba más lejos. El polvo se levantaba con los golpes. Dominga los observaba, pero no decía nada. Ella tenía esa necesidad de que crecieran rápido. Quería que fuesen grandes y maduros. Fuertes y trabajadores y se fueran bien lejos de todo aquello”.
Con tres o cuatro pinceladas, Nicolás nos mete de lleno en el drama de un personaje ambivalente, que está entregado pero que sueña con un futuro mejor para sus hijos.
Actores como Dominga pueblan el libro y, sin duda, le dan un carácter especial a cada historia.
En “Un beso en la frente”, el desamparo de una escuela rural está esbozado con uno de nuestros peores miedos: “El patio interno de la escuela seguía mudo. El maestro le preguntó si le gustaba el té y la niña asintió con la cabeza. Él se sentó detrás de ella y comenzó a frotar la espalda de la niña, que sonrió”. Con muy poco, el autor nos dice mucho.
El cuento “El machete” tiene un comienzo que ya preludia todo lo demás: “Toma el machete y se agazapa. La tarde entera esperando. No son animales, son hombres. Se han escondido allí y está expectante de ellos. Palpa el mango del machete con fuerza. Abre y cierra la mano. El filo da al suelo. Es un filo grueso que no brilla. Ese machete estuvo en el rancho desde que él tiene conciencia. Nadie le ha dicho de donde salió pero ahí estaba. En la selva es útil y también en la noche”.
Aquí hay por lo menos tres ideas que resplandecen. Una es “No son animales, son hombres”, o sea que el personaje debe enfrentarse con hombres que se comportan como animales. La otra refiere a que el machete es útil “en la selva” pero también “en la noche” donde mandan esos hombres-bestia. Y la tercera idea refiere a la realidad del protagonista: “Es un filo grueso que no brilla (porque nada brilla en esa vida). Ese machete estuvo en el rancho desde que él tiene conciencia. Nadie le ha dicho de donde salió pero ahí estaba”.
En un gran cuento como “El viento empujando”, un veterano de guerra se enfrenta a un enemigo inesperado: “El caño de la cuarenta y cinco estaba helado. Tenía que mantener el pulso sereno aunque le costara. Sin emociones. La señora era buena pero tarareaba una canción molesta que se perdía con el rugido del viento”.
Ese mismo personaje —en una suerte de realismo mágico desvencijado— observa su entorno a través de una brumosa aura: “Afuera la resolana dejaba ver que el sol estaba totalmente cubierto. En las fosas el sol nunca aparecía. Se escondía durante semanas, y sólo frío y más frío. Eran semanas de oscuridad larguísima. Nada más. Como sabían todos en la compañía, mantener los pies secos era importante. Ellos les cortaban los pies a los que morían congelados para sacarles los zapatos. Caminaban hasta que los borceguíes se les clavaban en las plantas de los pies y entonces tenían que volver a cambiarlos. De no encontrar cadáveres en el camino, andaban descalzos hasta que también se terminaban muriendo de frío”.
Como dije en el Prólogo: “No hay andanzas ni proezas de superdotados en estos episodios. Hay historias grises de seres que deben enfrentar lo que les tocó en suerte. Toman mate amargo, caminan por calles de tierra, soportan la lluvia, tienen celos, miran con desdén el porvenir”.
Hoy, creo pertinente agregar que en detalles como los recién leídos vibra la esencia de las historias que Nicolás ha elegido para contar las verdades que se ocultan en su ficción.
Dichos relatos se sostienen sobre una trama que no se queda en la mera acción, sino que busca poner de manifiesto esos engranajes de sangre que presentimos, y que el autor ha sabido trazar con agudeza y con hondura para el regocijo de todos nosotros, los lectores.

Leonardo Oyola, Walter Politano, Nicolás Correa y José María Marcos.