“Principio de intercambio” de Gastón Intelisano

TRES FEMINICIDIOS Y UN NUEVO CASO DEL FORENSE SOLER. Mi viejo, Ignacio Marcos, es un gran lector. Hace poco le di Principio de intercambio de Gastón Intelisano y quedó fascinado con el forense Santiago Soler y su equipo. Ayer me contaba parte de la trama que incluye un cóctel de tres feminicidios, narcotráfico, personajes estrafalarios, los peligros de internet, comida para gatos y un pasado siniestro que enturbia el presente y el futuro. “Aprendí qué es el principio de intercambio: la víctima se queda con algo del asesino y el asesino se queda con algo de la víctima”, me contó, entusiasmado, destacando la manera en que el autor describe los procedimientos técnicos y los aspectos que entran en juego para resolver un caso. “Te va explicando cómo se hace una autopsia y es muy creíble. Se nota que conoce de primera mano el trabajo forense. La historia te atrapa y la leí de un tirón. Está muy buena. Ponelo en Facebook”, me indicó con el pulgar para arriba. Ahora quiere leer el resto de la saga, que incluye las publicadas Modus operandi, Epicrisis y Error de cálculo. Para el próximo viaje a Uribelarrea tengo que llevarle alguno de estos títulos. Le dije que sí. No vaya a ser cosa que se le ocurra practicar conmigo lo aprendido con su nuevo amigo forense. (Viernes 26 de agosto de 2016).

“Farmacia” de Marcelo Guerrieri

Marcelo Guerrieri presentó su novela Farmacia (Factotum, 2016) en Caburé Libros (México 620, CABA) el sábado 20 de agosto de 2016. Fue una noche de fiesta a sala colmada, con la presencia de colegas, lectores, familiares y amigos. Hubo brindis comandado por Noelia González y Luna, con una tortalibro preparada especialmente por Mamá Guerrieri. Tuve el honor de acompañar al autor y decir algunas palabras junto a Alejandra Zina y Luis Mey. Marcelo contó detalles de la edición y agradeció a todos los que lo acompañaron en este proceso. Comparto mi texto y la cobertura fotográfica de Raquel Buela.
Luis Mey, Alejandra Zina, Marcelo Guerrieri y José María Marcos.
Farmacia de Marcelo Guerrieri
Por José María Marcos

LAS RAÍCES DEL ÁRBOL

En principio quisiera recordar algunas instantáneas biográficas. No voy a ponerme lacrimógeno ni sentimental, nada de “Te acordás, Guerrieri, qué tiempos aquellos...”, pero me pareció pertinente traer algunos momentos, que hablan de un camino y de la literatura como un espacio colectivo.
Al igual que Alejandra Zina y varios de los que estamos esta tarde en Caburé Libros, Marcelo asistió al taller de Alberto Laiseca. Algunos de sus mejores cuentos nacieron en ese ámbito, como por ejemplo “La inundación” o “El ciclista serial”, que ganó el Sudaca Border en el 2005, junto a Leandro Ávalos Blacha, otro alumno del taller. Años más tarde, tuve la suerte de ganar el concurso de Eloísa Cartonera y unirme con Guerrieri en el mismo sentimiento border, sudaca y cartonero.
De ese panteón que es el pasado, recuerdo especialmente una jornada en el patio de la Facultad de Sociales, de la UBA. Mi hermano Carlos y Marcelo compartieron una mesita en la FLIA, cuando estábamos dando los primeros pasos con la editorial Muerde Muertos.
Ellos se instalaron al mediodía. Yo pasé por la tardecita. Hacía calor. Cuando llegué, estaban insolados, Rexona y Axe los habían abandonado, pero charlaban animados al pie de un ombú. Se veían felices de haber degustado un menú que incluía mate, sánguches de mortadela, cerveza de un kiosco cercano y facturas con dulce de leche. No sé bien en qué orden probaron estos bocados, pero se habían hermanado, lo cual provocó en mí efectos colaterales, porque si alguien se hermana con mi hermano, por carácter transitivo, el otro pasa a integrar mi familia.
En suma: Carlos y mi nuevo hermano planeaban que para la próxima FLIA debían cocinar y vender pastelitos de membrillo.
No prosperó el emprendimiento gastronómico, pero en los años siguientes vivimos infinidad de encuentros literarios y otras tantas comilonas.
En ese andar, me convertí en el editor del primer libro de Marcelo: Árboles de tronco rojo, que salió por Muerde Muertos en el 2012.
Fue una experiencia enriquecedora. Revisamos los cuentos, intercambiamos opiniones, pensamos en un nuevo orden y en la portada, hablamos de literatura y de la vida. Con Árboles de tronco rojo nos dimos el gusto de ir a la Feria del Libro de Buenos Aires, el Festival Azabache de Mar del Plata, el Encuentro de Literatura Fantástica en Biblioteca Nacional y hasta el festival de cine Buenos Aires Rojo Sangre en el Monumental Lavalle.
Por esos días, Farmacia resultó finalista del Premio Nueva Novela de Página/12 y fuimos con Marcelo al Teatro Cervantes a festejar la noticia. Y como si esto fuera poco, cerramos la noche en el Pachi de Almagro bajo el comando de Leonardo Oyola.
Y paro acá porque sería larguísimo seguir enumerando andanzas.
Sólo voy a agregar que Árboles de tronco rojo me permitió conocer de cerca el compromiso de Marcelo con la escritura.
Aprendí a observar más detalladamente su propuesta estética, que por un lado aspira a ser realista, como en el caso de la novela Farmacia, pero que, por el otro, deja la puerta abierta a lo intangible, a lo inasible, a lo numinoso, que Guerrieri no desdeña porque sabe que dentro de los sueños también vive la realidad.

AQUÍ NO PASA NADA

Este tráfico entre sueño y realidad (que es un tópico recurrente en la literatura universal) a mí siempre me hace pensar en Bernardo Kordon, escritor al que cada tanto regreso, esta vez por haber leído a Guerrieri.
Farmacia me trajo ecos de Historias de sobrevivientes, libro en el que Kordon reúne relatos de trabajos anteriores, junto a un nuevo prólogo y un texto autobiográfico que se llama “Aquí no pasa nada”.
La novela de Marcelo se me asoció al libro de Kordon, porque en el “aquí no pasa nada” podría estar contenida la propuesta de Farmacia, puesto que el autor parece preguntarse si verdaderamente es posible que no pase nada, o bien: ¿qué está pasando con el amor, los odios, la política, nuestra idiosincrasia, cuando creemos que no pasa nada?
Marcelo, como dijera mi Tía Jorja, recrea la calma chicha que anuncia una  tormenta. En una descripción minuciosa de un largo día, vemos cómo se va levantando viento, caen algunas gotas, el cielo está plomizo, y hasta el simple intento de comprar un agua oxigenada puede cobrar un protagonismo inusitado y trocar en una batalla épica en la que se juega el destino de una persona o un grupo.
En este punto se pone en juego una hipótesis estudiada en la Universidad de Lomas de Zamora y en Harvard: el famoso efecto agua oxigenada de la Teoría del Caos Metropolitano donde la entrega de un ticket puede arrojar resultados totalmente contrapuestos, haya sido pagado en efectivo o tarjeta, con o sin obra social, sea el comprador un menor o un mayor, haya sido emitido en blanco o en negro.
Aquí el autor apuesta fuerte. En medio de un clima mediocre y opresivo, plagado de trampas para los protagonistas, Marcelo avanza por un laberinto construido con estanterías de remedios, como si sus personajes fueran minotauros a un paso del sacrificio.
Desde el exterior se filtra información de una guerra. Las imágenes llegan por la puerta de entrada, de boca en boca, o como un rumor lejano, y desde un televisor, que es parte del campo de batalla. Ahí, también, su relato me hizo acordar a Kordon.  Por la tensión que nos producen los destellos de alguna verdad que se escurre dejando apenas una sombra.
Así, de pronto, la farmacia se transforma en un enclenque fortín para resistir los embates de las fuerzas de la historia.

LOS TEMPLOS MODERNOS

Para ir cerrando, sólo voy agregar una última cosita respecto al escenario elegido por el autor.
Las farmacias funcionan hoy como templos modernos y me parece un gran acierto situar la trama dentro de una de ellas.
La industria de los medicamentos nos seduce con la idea de que podrá dar una respuesta a todos nuestros males. Hay pastillas para los dolores, para la memoria, para bajar y subir de peso, para no perder el pelo, para la resaca, para el tránsito lento y para los cortes de ruta, para tener mucho sexo, para el mal aliento (que a veces impide el sexo), para alcanzar una piel más suave (así mejorar en el sexo), para ser más jóvenes (y claro, ampliar las expectativas de sexo) y para todo lo que ustedes pueden imaginar que ayuda al sexo.
Un síntoma de los nuevos tiempos es lo devaluadas que están las drogas en el mundo del rock. No me voy a meter con las fiestas electrónicas, eso se lo dejo a Enzo Maqueira.
Desde Jim Morrison hasta nuestro Tanguito, Javier Martínez o el propio Spinetta, los rockeros querían drogarse para forzar las puertas de la percepción, o para conectarse con el alma del mundo, como los chamanes, mientras que ahora nuestros rockers están más cerca de Michael Jackson o Prince, que eran adictos a los analgésicos. Tomaban pastillas para silenciar lo que su cuerpo quería decirles.
Pienso en esto cuando veo a los laboratorios ofrecer soluciones para nuestros miedos, dolores, angustias.
Y pienso que después de tragar miles y miles de pastillas para aplacar el sinsentido de una vida monótona, solo queda que la acumulación se transforme en veneno, o bien hacernos cargo de nuestros días.
Guerrieri, con una prosa despojada, nos invita a espiar en la trastienda de este templo. Nos ofrece una aventura en apariencia desapasionada, gris, retratada con impiedad, en la que podemos mirarnos, porque eso que veremos se parecerá demasiado a las mañanas en las que nos ataca el híper realismo y no hay pastilla que nos salve, si no comprendemos que, sin imaginación y sin tomar algunas decisiones, la vida puede volverse un fatigoso milagro.

LA ARENGA DEL ESTRIBO 

Como despedida: una arenga con algunos lugares comunes que ustedes sabrán perdonar.
¡Visiten al Dr. Marcelo Guerrieri!
Con economía de recursos, el Dr. Ahorro (perdón, Guerrieri) sabrá guiarlos por los distintos recovecos donde suenan y suenan los teléfonos y llegan hordas de clientes que protestan y exigen soluciones, a buen precio.
Pasen, no sean tímidos.
Todos, todas, son bienvenidos.
El Dr. Guerrieri los espera con la farmacia abierta.
 

Charlando con una serial killer

MARINA CEBALLOS, JUGANDO CON LA MUERTE. Reseña de Muertos (de amor y de miedo) de Marina Ceballos (Ediciones La Terraza, 2016) con 66 ilustraciones de la autora + textos de 67 escritores. Por Leandro Calle, especial para Hoy Día Córdoba. Jueves 18 de agosto de 2016.
José María Marcos, Laura Cedeira, Maru Ceballos, Narciso Rossi y
Carlos Marcos en la presentación de Muertos (de amor y de miedo).
¿Acaso me di cuenta, mientras hablaba por teléfono, que conversaba con una asesina serial? Lo mortuorio suele estar revestido siempre de un halo de misterio, de cierta oscuridad, del pavor y del miedo. Sin embargo, cuando uno se planta frente al libro “Muertos (de amor y de miedo)” (Ediciones de la Terraza) de Marina Ceballos, encuentra luminosidades creativas, alegres destellos, ganas de morir así, tan bellamente.
El libro que la artista propone conjuntamente con Ediciones de la Terraza es un libro colectivo, en el que podemos encontrar una polifonía de voces. Y allende esta polifonía, dos lenguajes que se interrelacionan, se convocan, se enredan para crear un camino hacia la belleza que se nutre de la palabra escrita y de la plástica.
Maru convoca a una serie de personas a que se animen a morir en una foto. Esa es la consigna. Todo se realiza vía Internet. 66 muertos voluntarios enviaron su foto y de cada una de esas fotos, la artista, a pulso de Rotring, elaboró los retratos que figuran en el libro. Luego, a esos voluntarios, se sumaron otros 67 que escribieron sobre los retratos que Maru Ceballos realizó para la obra de arte colectiva. El resultado, es este nuevo libro donde el cuidado editorial y artístico logran un resultado armónico entre la palabra y la plástica bajo el hilo conductor de la muerte, de la posible muerte. Digo posible muerte, porque charlando telefónicamente con Maru, hay una idea de interrumpir la rutina, de adelantar la muerte para así sublimarla. Aquello que es tan real y seguro y que tratamos de “patear” lo más lejos posible, se acerca ahora, pero se acerca como juego colectivo, como arte, que es otra manera de jugar. Jugar con la vida, es también jugar con la muerte.
Los retratos se encuentran en página par, es decir  a la izquierda cuando normalmente los libros de arte o los libros que tienen ilustraciones suelen destacarlas en la página impar, hacia la derecha, donde el lector naturalmente lee. Pero es a la derecha donde se ubican los textos. Y aquí noto una apuesta de la artista por dejarle lugar a la palabra, ceder el espacio natural de la imagen para que surja el otro lenguaje, el “variopinto” que puede verse a través de poemas, crónicas breves, reflexiones, etc. Algunos con mucho vuelo literario otros no tanto.
Maru me dice que le fascina lo colectivo y pienso que hay allí una hermosa concepción del arte. Ya los muralistas mexicanos y cierto cubismo hablaban políticamente de romper con la pintura de caballete; claro, en ese caso era una apuesta política, que mucho tenía que ver con el marxismo. El arte debía ser una expresión de todos y estar al alcance de todos. El mural, se imponía así como lo no vendible, lo que no permitía ser poseído, comprado, retenido. No estamos diciendo que en este caso sea lo mismo, pero sí, me parece, que hay una apuesta por juntar las voces, por hacer intervenir un conjunto de voces, porque las manifestaciones culturales sean una invitación. De algún modo el libro (que es un objeto vendible y que se puede vender y obtener) es un engranaje, un eslabón en la urdimbre de la cultura. De hecho, en las presentaciones del libro que se hicieron tanto en Buenos Aires como en Córdoba, hubo una especie de cita, donde los 133 voluntarios (no todos, por supuesto) se encontraron. Imagino al muerto (muerto vivo) enfrente de su escritor o al escritor frente a su muerto. Seguramente se habrá generado un sinnúmero de posibilidades artísticas y sociales a tener en cuenta en el futuro.
Doy ahora un paseo por alguno de los textos: “Me situé en el frío” dice Mauricio Micheloud. De eso en parte creo que se trata este libro, de situarse en el frío y calentarlo, hacerlo arder con palabras o con imágenes. Y de algún modo, llegamos a la conclusión del viejo cuento: una fogata se hace con muchas maderas. Es un trabajo colectivo. Para calentar el frío de la muerte es necesario aunar voluntades, sumar leño tras leño y convocar una fogata. No podemos solos.
Esta propuesta que apuesta por sumar, por llevar adelante muchas voces, tiene que ver con las posibilidades del arte en el campo social. Posibilidades de la cultura que deberían estar facilitadas, solventadas y vehiculizadas por políticas culturales que Córdoba, lejos de fortalecer, pareciera querer debilitar en algunos de sus organismos e instituciones (el lector verificará por sí mismo a qué me refiero). En este sentido el esfuerzo de las editoriales independientes es admirable desde hace muchos años.
Estamos todos invitados a jugar con la muerte, a jugar alegremente. Y esperamos que la asesina serial y sus cómplices editoriales sigan afilando sus cuchillos para hundirlos allí donde la belleza permanece todavía oculta.

Entre poetas y muerde muertos

Nora Coria, Carlos Marcos, Fernando Figueras y José María Marcos.
Representando a la editorial Muerde Muertos y al programa Intelectoilets, con Fernando Figueras y Carlos Marcos participamos del Ciclo Rutas Literarias, dependiente de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de La Matanza. Fue el sábado 13 de agosto de 2016 en el Salón Dorado de la Cultura de Ramos Mejía (Belgrano 75), con la coordinación de Nora Coria (Taller Literario Identidad), a quien le agradecemos la invitación. En la ocasión también leyeron los poetas Adela Margarita Salas, Gustavo Tisocco y Víctor Damián Cuello, al tiempo que el grupo Amunantu presentó un set de música latinoamericana. Hubo micrófono abierto y se contó con la exposición de obras de Lidia Kantor y María de los Ángeles Borgnino. El ciclo se desarrolla el segundo sábado de cada mes y su objetivo es promover la lectura y la expresión literaria.