“Waldemar Daninsky” en miNatura

Mi relato “Waldemar Daninsky” (en homenaje al actor Paul Naschy) apareció en la edición Nº 117 de la revista miNatura, dirigida por Ricardo Acevedo E. y Carmen R. Signes Urrea, en un dossier sobre “Licantropía y otras transformaciones”, con autores de Brasil, España, Cuba, México, República Dominicana, Perú, México y Uruguay. La ilustración de la portada (Caperucita Roja) pertenece a Priscilla Hernández (España). De Argentina, hay grandes relatos de Daniel Frini (“El lobo y las ovejas” y “No confiar ni en los scouts”), Pablo Martínez Burkett (“Un fuego demencial en las venas”), Fabián Daniel Leuzzi (“Roja por la sangre” y “La manada”), Ezequiel Wajncer (“Metrosexual”), Giselle Aronson (“Cambio de hábito”), Sara Lew (“Disfraz”), Majo López Tavani (“Plato del día”), Juan Ignacio Avalos (“Los cosecheros”), Luciano Doti (“La conversación), Patricia Nasello (“El bosque infinito”), Juan Manuel Valitutti (“Hecho de Luna”) y Juan Guinot (“Héroe fatal”). La edición completa puede bajarse AQUÍ.

Waldemar Daninsky

Por José María Marcos (*)

Waldemar Daninsky cae una vez más en manos de una científica inescrupulosa que trata de manejar su poder. El Lon Chaney español, que va por su película número 35 en la piel de hombre lobo, se halla encadenado en una mazmorra medieval, donde han montado un laboratorio secreto. Cuando sale la luna llena comienza a transformarse, mientras la doctora lo observa desde un falso espejo y toma nota de las reacciones de Daninsky.
El cine estaría vacío si no fuese por mí y una mujer que se tapa la cara frente al horror que le produce la bestia, dos butacas a mi derecha. La veo temblar y siento un impulso irrefrenable. Me paro con serias determinaciones. Avanzo sigiloso como un predador y me dispongo a atacarla. Mi cuerpo se inunda de cabellos y me brotan colmillos. La mujer grita. El rostro me resulta familiar. Pruebo su sangre: está tibia y dulce. Me siento feliz y en armonía con el universo.
Vuelvo a ver la película. Waldemar no defrauda, y al primer descuido de la facultativa, se escapa y rompe todo. Despedaza a unas cuantas jóvenes pulposas, con poca ropa, y deja a la científica para el gran final. ¡Qué placer! Una mujer que lo ama pone las cosas en su lugar y dispara una bala de plata en el pecho, cerca del pentáculo maldito.
Abandono la sala, satisfecho. Sé de lo repetitivo del cine de terror, pero también de las oscuras y recurrentes leyes del deseo.
Mi víctima sale detrás. Me sonríe y por fin la reconozco: es ella, sí, la científica que pretendía dominar a la criatura, la mujer que mata por amor, la única que sigue junto al monstruo pese a que todos le recomiendan que no es un buen partido.
La invito a tomar un café. Simula pensarlo pero acepta.
La vieja película nos parece otra vez lo único novedoso que vale la pena vivir.

(*) El relato forma parte de la edición Nº 117 de miNatura, dedicada al género breve fantástico.

“No llorarás”, de César Melis: siete cuentos ganadores, siete conferencias magistrales

Juan Carlos Puppo leyó con exquisitez textos del autor. José María Marcos comentó aspectos de la obra y le realizó un reportaje al escritor. “La imaginación salva al individuo. Cuando uno recuerda su vida, retoca detalles. Lo que pensamos de nuestro pasado no siempre es estrictamente cierto. Al evocar situaciones dolorosas, uno mejora las circunstancias para atenuar la angustia. La imaginación es algo que nadie nos puede quitar. Creo que el mundo sería mejor con una mayor dosis de imaginación”, expresó Melis.
Juan Carlos Puppo, José María Marcos y César Melis.
No llorarás, de César Melis, es una gran edición que reúne siete cuentos ganadores escritos entre 1979 y 2009 y un dossier de siete charlas ofrecidas durante el 2009 y 2010 sobre el oficio de novelistas, cuentistas y poetas. Se presentó el jueves 15 de marzo de 2012 en Ayacucho 357, Buenos Aires, ocasión en la que el actor Juan Carlos Puppo leyó “Segunda oportunidad” (Premio Santo Tomás de Aquino 1997) y recitó el monólogo inicial de “Cuento puro, puro cuento”, escrito por César Melis, quien a su vez compartió el texto “No llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario”.

BUSCANDO LA FÓRMULA DEL ÉXITO

José María Marcos comentó aspectos de la obra y entrevistó al autor. Tras la lectura del texto “No hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”, conversó con Melis, quien hizo un racconto de su trayectoria de más de 30 años.
—Mi primera pregunta es clave para muchos de los presentes. ¿Cómo se hace para escribir siete cuentos ganadores? ¿Hay alguna fórmula?
—De saberla, me presentaría en los concursos de cien mil euros. Con una novela, tuve la suerte de quedar finalista en un certamen que tenía un importante premio monetario y lo ganó Gioconda Belli. Pero... no conozco la fórmula. Me he presentado en muchos concursos. Pienso que las fórmulas no existen, porque cada jurado es distinto y tiene expectativas o gustos diferentes. “A espaldas de Dios”, que fue premiado en 1994, trata sobre un cura abusador. Si uno se pone a especular, puede llegar a decir: “No mando este cuento, porque si el jurado es católico no me van a premiar”. Y eso, en verdad, nunca se sabe. Es muy difícil conquistar a los jurados. Lo sé, porque habitualmente integro jurados y todos tenemos preferencias distintas. Pienso que no existe ninguna fórmula. Sólo hay que dedicarse a escribir y tratar de hacerlo de la mejor manera posible.
—“Arena de circo” fue premiado en 1979. ¿Qué significó este reconocimiento?
—Era muy jovencito. Vivía en Ramos Mejía con mis padres. Venía de una familia humilde; mi papá era carpintero y no entendía bien qué hacía yo leyendo hasta tarde. De vez en cuando escuchaba su voz: “¡Apagá la luz!”. Un día llegó a casa un sobre que venía de España, y me puse a mirar las estampillas. Tardé en darme cuenta que estaba dirigido a mí: había ganado el Premio Internacional Quevedo. Me lo entregaron en Buenos Aires. Me acompañó mi novia de entonces, que ahora es mi esposa. A partir de ese día, mi papá no pidió nunca más que apagara la luz. Si bien no entendía cuál era mi mundo, comenzó a respetarlo. Desde ese día, me dije a mí mismo: cuando tenga un hijo, aunque no entienda lo que él elija o sus gustos, tengo que respetarlo. Esto es lo que aprendí de aquel primer premio.
—En “Arena de circo” aparece, por primera vez, tu Tía Ñata. ¿Los personajes acompañan al autor durante toda la vida?
—Justamente ahora estoy escribiendo un nuevo cuento con la Tía Ñata. Es un personaje con mucha personalidad. Cuando presenté los primeros títulos de la editorial Muerde Muertos, también esbocé algunas ideas, “como dice mi Tía Ñata”. Al finalizar se me acercaron tres mujeres, y una de ellas me dijo: “¡Cuántas verdades dice su Tía Ñata!”, y tímidamente esbocé: “¿Y si le dijera que mi Tía Ñata no existe, que es un invento?”. Y ella me respondió: “Vamos, ¿cómo va a decir que no existe?”. Ojalá todos los escritores pudiésemos encontrar esos personajes que acompañan al escritor y a sus lectores durante toda una vida. Bioy Casares decía que imaginar es crear un cuarto extra a la casa de la memoria, y es cierto, porque quienes escribimos o leemos tenemos un lugar donde refugiarnos cuando la realidad se nos vuelve difícil.
—Mencionaste “A espaldas de Dios”. ¿Nació de la indignación? ¿Cómo fue ganar un concurso con ese cuento?
—Por radio escuché la noticia de un cura pederasta en Mendoza. Comencé a preguntarme por qué lo haría, y me dije: debe actuar así cuando siente que Dios le da la espalda, cuando Dios no lo está observando. Paralelamente, venía estudiando la historia del peronismo, y entonces, el crecimiento del sacerdote lo ambienté durante esa época, en tres etapas: cuando asume Perón, la muerte de Eva y el alejamiento de Perón del poder y la muerte de Perón en 1974. Fue raro que me premiaran ese cuento, y más raro aún que lo hicieran dos veces. El cuento ganó en la Dirección General de Bibliotecas y también lo premió el Cronista Comercial, que lo publicó en una doble página central. La entrega en la Dirección General de Bibliotecas es digna de otro cuento: el jurado estaba compuesto por Antonio Requeni, Alfredo Veirabé y Jorge Calvetti. Un locutor estaba encargado de leer las menciones de menor a mayor. Tomó un diploma de la mesa y dijo mi nombre. Feliz, subí al escenario a recibir mi papelito, saludé a todos y volví a mi lugar. De pronto, se produjo un momento de tensión: Requeni llamó al locutor, hubo algunas discusiones, mientras que yo no sabía si debía devolver o no mi diploma. Recompuesta la escena, el locutor dijo: “Hubo un error”. Y tras un largo silencio, agregó: “El ganador es César Melis”. Fue un momento muy fuerte. Más cerca del final, el actor Carlos Carella comenzó a leer el cuento, y se emocionó tanto que se puso a llorar. Entonces, Cecilia Rosetto completó la lectura. Y como si fuera poco, la periodista Nina Cortese (en ese entonces presidenta de APTRA), que también había participado, se me acercó y me dijo: “Cómo no ibas a ser el ganador, si es un cuento precioso”. Con todos estos ingredientes, es una de las entregas de premios que viví con mayor emoción.
—“Historia en rotación” (Premio Fundación Dante 2002) es un cuento que sólo pudo haber escrito un poeta. ¿Te sentís más poeta que narrador?
—Es una pregunta difícil. No me siento más una cosa que otra. Tal vez la diferencia radique en el punto de partida. Por ejemplo, hay diferencias entre aquellos que vienen de la poesía y los que vienen del periodismo. Los de la poesía se detienen en las palabras, en las metáforas, y los del periodismo tienen un estilo más directo. Pero no pienso que haya un estilo mejor que otro: arrancando desde estéticas diferentes, se pueden hacer buenas historias y literatura de calidad.
—“El cazador de ballenas” ganó el Concurso Internacional Fundación Gabriel García Márquez en 2009. ¿Qué significó este reconocimiento 30 después de ganar con “Arena de circo”?
—Fue una gran sorpresa, porque la temática debía ser ecológica. Nunca antes había escrito un relato con esas características. Hubo cerca de 900 participantes, y resultó la primera vez que un argentino gana ese certamen. Se trata de un cuento que quiero mucho, porque me animé a incorporar temas y escenarios infrecuentes en mis relatos, con los indios alacalufes que mataban pichones de ballena para comer, contraponiéndolos con los buques factorías y sus cacerías indiscriminadas de ballenas.

HAY QUE PASAR LA POSTA

—Hablemos de “Siete charlas, siete noches”, donde abordás los siguientes temas: 1º Secretos del cuento, 2º La palabra poética, 3º La novela como aventura, 4º Oficio versus imaginación, 5º El taller literario, 6º Lectura y escritura y 7º El escritor y su lenguaje. ¿Cómo surgió el ciclo?
—Dunken propuso una serie de charlas, y Guillermo de Urquiza, responsable de la editorial, me convocó. Preparé las conferencias, las di y la respuesta del público fue muy estimulante. Cuando salió la posibilidad de reunir los cuentos, pensé que era una buena ocasión de reproducir también las conferencias, donde hay un resumen de mi vida en relación a mi aprendizaje con la literatura. Y pienso que fue una buena ocasión de hacer un balance y también la manera de pasar la posta a los otros. Porque ¿de qué sirve todo lo que aprendí si no lo comparto? En este sendero de polen, que es la vida, como dice Octavio Paz, hay que transmitir lo que uno ha aprendido. Agradezco a Dunken la idea de las conferencias y la posibilidad de publicar este libro.
—¿Por qué pensás que “no existe lugar de pertenencia más entrañable, insólito, difícil y enriquecedor que un taller literario”?
—Es una experiencia enriquecedora, no sólo para la gente que asiste al taller, sino para el que lo dicta. En 24 años de docencia he aprendido mucho de mis alumnos. El taller literario, sea individual o grupal, es muy valioso, porque genera un lugar de pertenencia, un lugar de personas unidas por la palabra. La clave está en que el coordinador del taller no se ponga en el centro y quiera que todos sus alumnos escriban como él o como Vargas Llosa; lo más interesante del taller es que el coordinador ayude a los asistentes a encontrar su propia voz, su propia identidad.
—Más allá de lo técnico, ¿qué significó conocer en persona a escritores como Marco Denevi y Syria Poletti?
—Ellos me transmitieron mucha sabiduría. Hay otros como Hermes Villordo, Isidoro Blaisten, Atilio Castelpoggi, Beatriz Guido o María Granata, que sigue con nosotros. Todos ellos han sido muy generosos conmigo. Hoy quedan pocos grandes que da gusto escuchar. He tenido la suerte de pertenecer a una época en que los escritores dialogaban mucho con sus lectores. Hoy parece que lo más importante es vender ejemplares. Viví un resabio de una época de oro, y mediante estas conferencias me considero satisfecho con transmitir un cinco por ciento de lo que recibí de estos grandes autores.
—Leí en estos textos que te robaste un libro de la biblioteca de la escuela primaria. No voy a presentar ninguna denuncia, pero tengo dos preguntas. ¿Recordás qué te impulsó al hurto? ¿Todavía conservás ese ejemplar?
—El libro lo tengo en casa. Jamás lo devolví. Tuve una infancia medio rara. Viví en un barrio industrial donde no había chicos para jugar. En mi casa estaba el único teléfono del barrio, y las directoras y las maestras venían a casa para poder hablar. Mi hermana hizo la primaria en el mismo colegio. Por circunstancias de la vida, comencé el secundario a los 11 años y la universidad a los 15; siempre fui muy chico para todo, convirténdome en el bibliotecario de sexto grado (“el bibliotecario más chico del mundo”, como me presentó un día Canela). A mí me gustaba leer, y en aquella biblioteca descubrí El príncipe encantado, de Hans Christian Andersen. No sé bien qué me llamó la atención, quizás las ilustraciones, pero me impactó y quise quedármelo. Es la historia de una niña que teje mantos con ortigas para que sus hermanos, que han sido convertidos en cisnes, vuelvan a recuperar la forma humana. La bruja Morgana era la madrastra y, por cierto, muy mala. Había drama, dolor, aventura, abnegación, y pensé: “Me lo quedo”. Un día, la maestra me dijo: “Melis, tiene que ver a la directora”. Supuse que era por el libro. Me presenté abochornado a la Dirección, pensando qué excusa iba a poner, cuando la directora me felicitó y me contó que iba a participar del programa de Canela. ¿No sé qué me llevó a quedarme con el libro? Aún hoy me lo pregunto. Y lo adoro: pienso que me abrió la puerta para todo lo que vino después.

RECIÉN CUANDO ALGUIEN REALIZA UN VIAJE, PUEDE CONTAR ALGO

—La primera sensación que tuve en el contacto con este libro fue recordar la frase popular que dice: “Recién cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo”. Me gustaría hacerle las últimas preguntas al Melis viajero. ¿Qué obtuviste y qué perdiste en estos 30 años de la literatura?
—Cuando reuní los siete cuentos ganadores vi a un hombre que envejeció 30 años leyendo y escribiendo, haciendo lo que sentía que debía hacer. La vida quita y da, y la literatura me ha ayudado a vivir.
—¿Pensás entonces que “no hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”, como dice María Negroni?
—La imaginación salva al individuo. Cuando uno recuerda su vida, retoca detalles. Lo que pensamos de nuestro pasado no siempre es estrictamente cierto. Al evocar situaciones dolorosas, uno mejora las circunstancias para atenuar la angustia. La imaginación es algo que nadie nos puede quitar. Creo que el mundo sería mejor con una mayor dosis de imaginación.
—Te formaste en talleres literarios y dedicás tu vida al dictado de talleres. ¿Hay algo que cuando comenzaste como alumno dijiste: “Este tipo está equivocado”, y con el tiempo le diste la razón?
—Hay varias cosas. Pero en este momento recuerdo algo que me dijo Isidoro Blaisten, quien, al enterarse de que comenzaba con los talleres, me dijo: “Mire, Melis, si usted quiere que las cosas funcionen, no permita que le traigan ni un caramelo sus alumnos. Porque si es una clase grupal, hoy es un caramelo y mañana es una buseca”. Durante años seguí este consejo a rajatabla y apenas servía un café. Un día, una alumna vino con un budincito. Yo la reté y le dije que se llevara el budín. Un tallerista, llamado Juan Carlos, a quien quise muchísimo, me dijo: “Maestro, ¿por qué es tan rígido con la gente? Usted sigue las enseñanzas de Blaisten, pero, por ahí, a usted le puede funcionar de otra forma”. Y me dije: “Quizás tenga razón”. Con los años, y a medida que las clases grupales se llenaban de comida, Juan Carlos me decía: “Maestro, estamos cada vez más cerca de la buseca”. Hoy en las clases grupales hay de todo: sándwiches, té, café, champagne, vino, empanadas tucumanas. A veces me queda comida para siete días. Y el taller... sigue funcionando.
—¿Qué peligros debe enfrentar un viajero que se dedica a la literatura?
—El mayor peligro es el ego. Cuando el que escribe comienza a tallar su propia estatua de bronce, vamos mal. Cada escritor debe tener una cuota de autocrítica y distancia con su texto. El escritor no debe dejarse embaucar por el espejo del ego.
—Por último, ¿concebirías tu vida sin la literatura?
—De ninguna manera. Si no me dedicara a esto, tendría que dedicarme a la carpintería, como mi papá, que es un trabajo muy creativo. Pero, la verdad, sólo me imagino leyendo y escribiendo, como lo he hecho durante todos estos años, junto a mi esposa Liliana y mi hijo Esteban, quienes son todo para mí y que me acompañan en lo que hago. Leer y escribir son, sin duda, mi mayor pasión.

MÁS INFORMACIÓN

“No llorarás” en imágenes

Puppo y su gran interpretación de los textos de Melis.
José María Marcos durante la entrevista a César Melis.
Juan Carlos Puppo, César Melis y José María Marcos.
César Melis durante la firma de ejemplares.

“No llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario”

José María Marcos y César Melis.
Por César Melis (*)

Llorar. Llorar porque sí, por amor, por dolor, por ausencia. Llorar a escondidas, bajo la ducha, contra la almohada, en silencio, nunca por equivocación, nunca por casualidad ni por sorteo. Llorar por piedad, por rencor, por furia, por impotencia, por arrepentimiento. Llorar a gritos, con hipo, con mocos, con un trapo invisible en la garganta que nos va ahogando y nos convierte en un raro envase lleno de arena, lleno de ruinas, de recuerdos, de fósiles que sólo resucitan con llorar, con aullar en medio de ese mar de lágrimas que crece hasta convertirse en un océano, en un peso tan grande como un barco fantasma cargado de erizos, de cactus, de clavos y tachuelas. Llorar hasta agotar, hasta drenar todos nuestros miedos, nuestras pesadillas y limitaciones, nuestras culpas y renuncias, nuestra levedad en esta vida aún mucho más leve. Llorar sin fe, con fe, contra el gran muro de la hipocresía, de los trueques sin sentido, de las preguntas obvias, de las respuestas tontas, de las habladurías que a nuestras espaldas se arrastran como víboras y pían dulcemente para venir a comer de nuestras palmas, como palomitas. Llorar por soledad, por derrumbe o por clausura interna, sin el menor gesto visible o sacudiendo todo el cuerpo. Llorar hasta reír, hasta exiliar las penas y prejuicios, las lástimas y compasiones. Reír hasta la carcajada, hasta dolernos la mandíbula, hasta encontrar en el espejo a aquel que ríe por no llorar, a aquel que está dispuesto a la batalla y aún cree que lo mejor no sucedió, que el milagro está a solo un paso, que la esperanza no es sólo verde porque algo o alguien le ha sacado la gomina al tiempo y nos damos cuenta que el mundo es multicolor, es multiforme, es multiancho y multilargo, es multilibertad en 3D como para venirnos a amargar con un problema más, a amenazarnos con un palo hecho de mediocridad o envidia. Reír hasta contagiar, hasta contaminar todos nuestros oscuros rincones y desterrar esa angustia andrógina y maldita, pegajosa y recurrente. Reír hasta morir... pero morirnos de risa, de ganas de abrir la boca y decir y preguntar con total ingenuidad: ¿Qué es eso de llorar? ¿Qué es eso de andar entre pañuelos, gimoteos y quejidos, si la vida es una gran cuchara que se ofrece por igual a todos los hambrientos, a todos los sedientos de carcajadas como música que sube desde la planta M pie al último pelo de nuestra cabeza? ¿Alguien me puede decir de qué otra cosa está hecha la vida? Vamos, a partir de hoy, a garabatear un nuevo precepto: no llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario.

(*) Editorial Dunken, Ayacucho 357, Buenos Aires, 15 de marzo de 2012.

“No hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”

José María Marcos y César Melis.
Por José María Marcos (*)

La poeta María Negroni, en su Pequeño mundo ilustrado, dice que de todos los viajes extraordinarios que concibió Julio Verne su novela Veinte mil leguas de viaje submarino prueba, mejor que ninguna otra, que “no hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”.
Sin ánimo de polemizar con el autor que tal vez piense diferente, juzgo que No llorarás es el libro de César Melis que mejor confirma esta afirmación, ya que adentrarnos en sus páginas es sumergirnos en las profundidades de una vida intensa, guiados por la mano de un capitán Nemo que surca mares con luces de neón, antiguas leyendas, comedias musicales, diálogos diáfanos, tics de extraños personajes, espejos atardecidos y hasta tristeza y también algunas alegrías.
Dice María Negroni del capitán del Nautilus, y nosotros podríamos decir de Melis: “Viaja como quien concentra la voluptuosidad en la distancia, acaso para hacer de ella una espuela del deseo, una excusa para el saqueo hambriento de las cosas. Algo lo empuja, digamos, a la atención profusa de los detalles como si en ese inventario, hecho de melancolía y obsesiones, pudiera hallarse algún consuelo”.
Técnicamente, No llorarás reúne siete cuentos premiados en un período de 30 años, entre 1979 y 2009, más un dossier de siete charlas sobre el oficio de novelistas, cuentistas y poetas. Esto de por sí es algo de un valor incalculable, pero es una descripción escasa ante lo que realmente contiene este libro, donde podemos apreciar la búsqueda de un hombre comprometido con las palabras, la desesperada apuesta de un autor por liberar las cosas de su destino utilitario y por redimir al lenguaje de sus muecas más hostiles y gastadas.
Hablar de cada cuento y cada conferencia me llevaría horas, y posiblemente tendríamos que vivir otros 30 años para desentrañar cómo hizo Melis para ofrecernos una colección tan exquisita y personal.
Por eso, y aprovechando que contamos con la dicha de tenerlo junto a nosotros, es que voy a invitarlo a que me responda algunas preguntas, comprendiendo que, como bien dice Liliana Bodoc en su Oficio de búhos: “No importa cuánto nos esforcemos en contar. La memoria tiene infinitas puertas y por eso nunca estará completa. Es solo dar cuenta de algo para que se abran cien vacíos, cien preguntas”.
Quizás aquí resida otro de los encantos de No llorarás: el de ser una llave que abre cien puertas y nos invita a mejorar la calidad de esas preguntas que alimentan el alma, merced al talento de César Melis, quien como buen hechicero nos permite renovar nuestra fe en el viejo oficio de escritor.

(*) Editorial Dunken, Ayacucho 357, Buenos Aires, 15 de marzo de 2012.

Uno de los narradores más creativos

La lectura de los originales de este libro me proporcionó la felicidad de encontrarme ante la obra de un narrador profundo, prodigioso, destellante de lirismo. Sin dudas César Melis es uno de los narradores más creativos de nuestro país. Su lenguaje ceñido, sutil, vibrante está al servicio de sus estupendas historias en donde el lector se siente cómplice. No llorarás es un ejemplo de ello. María Granata

No llorarás nos permite conocer a César Melis como gran escritor y maestro de escritores. Pero, sobre todo, lo revela como hechicero, porque gracias a su mirada renovamos la confianza en el viejo oficio de hacer magia con las palabras. Compone escenarios, personajes y tramas en función de esa vaga emoción que solemos nombrar como belleza. José María Marcos

Lo dije al publicarse su primer libro de cuentos La sangre llama, lo reafirmé con la aparición de La vida es rara: Melis es un fenómeno. No sólo es un gran escritor. Es un pequeño gigante que despierta envidia entre quienes pretendemos dejar nuestra huella en la Literatura. Y si en No llorarás ha reunido sus textos premiados, no nos asombrará comprobar que los distintos jurados de diferentes partes del mundo no se equivocaron. Supieron de sobra a quien distinguían. Vamos, carajo, abran el libro. Dalmiro Sáenz

Karadagián, la Ilíada y mi kiosquero

Martín y sus titanes, de Leandro D' Ambrosio.
El periodista Leandro D’ Ambrosio publicó Martín y sus titanes (Del Nuevo Extremo, 2012) en homenaje a la inolvidable creación de Martín Karadagián (1922-1991). Entusiasmado por la novedad, compré mi ejemplar en un kiosco de Corrientes y Medrano, de la ciudad de Buenos Aires, y pregunté: “¿Qué tal se vende?”. Eufórico, mi kiosquero respondió: “¡Éste es el último ejemplar que me queda! Pedí cinco y me enviaron dos. Ahora voy a reponer, pero se los van a llevar enseguida. ¡Karadagián era lo más grande! ¡¿Quién no va a querer tener este libro?! ¡Hacía felices a grandes y chicos!”. Desde la Ilíada en adelante se nos aconseja no volver al lugar donde hemos sido felices, lo sé. Pero... contra esta sabia advertencia, sentí que un libro sobre Titanes en el Ring era la promesa de reencontrarme con los dedos magnéticos del Indio Comanche, el misterioso Hombre de la Barra de Hielo, el profesor Demetrius y su Androide, la inolvidable pelea inconclusa entre Karadagián y la Momia Blanca, los arbitrarios fallos del juez William Boo y una extensa galería de escenas y personajes surgidos hace más de 50 años por la intuición de un hombre que entendía que los prodigios son sólo posibles gracias a una difícil mezcla entre imaginación, misterio y complicidad. Y el libro no me defraudó: lo leí de un tirón y me permitió recordar (y también conocer) grandes momentos, que por fortuna D’ Ambrosio se animó a compilar, ordenar y compartir con todos los fans de los inolvidables titanes. Al menos, el kiosquero y yo lo pensamos de esta manera. Ahhh... ¡y aguante el cortito de Martín Karadagián!

La Momia Blanca vs. Martín Karadagián.

Historias donde pasan cosas

Reseña de Los fantasmas siempre tienen hambre, de José María Marcos (Muerde Muertos, 2010). Escribe: Patricio Chaija para Tela de Rayón

Los fantasmas siempre tienen hambre es un libro de un género poco común en la literatura argentina. Con once relatos que van desde el suspenso hasta el horror, ganan una partida difícil en nuestra literatura, y llenan un espacio muchas veces transitado lateralmente, que varios autores “tantean” pero pocos pueden sacarle verdadero rédito en la actualidad. José María Marcos es uno de ellos.
Sin complicadas parrafadas inútiles, Marcos nos muestra su colección de relatos cortos como quien gira ante nuestros ojos unas gemas preciosas. El cuento “Ceguera” es espantoso por sus implicancias. “El Gordo” lo es por su cercanía, como así también “La muerte de Rocky”. Los demonios convocados por Marcos son seres en apariencia normales, hasta quizás tiernos, con quienes uno puede sentir cierta empatía, pero que en un momento comienzan a actuar de manera cruel.
En la actualidad, cuando los jóvenes autores cuentan nada, Marcos aparece como una luz nueva y a atender gracias a su impronta de contar algo. En sus historias pasan cosas. Hay invasiones nocturnas, visiones espantosas, golpes y corridas, torturas, improperios, fuerza introspectiva, glotonería y sangre. Por eso el libro Los fantasmas siempre tienen hambre nos retrotrae a los relatos clásicos del género, que impactaban fuertemente y perduraban en el recuerdo.
Donde otros hacen aguas, Marcos da en la tecla: no pretende moralizarnos y teorizar acerca de nada: él vino a contar historias. Y despliega todo su talento como un narrador eficaz, capaz de componer personajes, situaciones y ambientes definidos, entrañables, oscuros, que no podemos dejar de leer.

Lo ancestral que vive en nosotros

Entrevista en Télam
Por Mauro Yakimiuk (*)

El escritor José María Marcos es un apasionado del género de terror y fantástico a tal punto que con su hermano Carlos fundaron la editorial Muerde Muertos, especializada en publicar libros de ese tipo de literatura. Su libro Los fantasmas siempre tienen hambre compila once cuentos propios en los que abundan temas como la muerte, el horror y lo sobrenatural, atrapando al lector con cada una de las historias. Se destaca el cuento llamado “El Gordo” en el que un padre está obsesionado con el sobrepeso de su hijo y lo encadena para ponerlo a dieta por la fuerza. En abril el autor publicará en coautoría con su hermano Carlos Marcos una novela llamada Muerde muertos (quién alimenta a quién...), en la que le explicarán a los lectores qué son los muerde muertos.
¿Qué fue lo primero de lo que escribiste que consideraste publicable?
Varias cosas que después consideré impresentables. Mirando para atrás, y con bastante distancia, guardo cariño de una serie de poesías inéditas que había titulado La inhospitalidad de las puertas cerradas, muy influenciado por Artaud y el surrealismo, donde encuentro muchas cosas que no me interesan, pero también otras donde puedo ver al adolescente que fui y donde hay cierta mirada que aún mantengo en mis actuales textos.
¿Cómo surge la posibilidad de editar tu libro de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre?
Este libro surge un poco por mi necesidad de mostrar a través de relatos, más allá de cualquier teoría o explicación, qué es lo que considero el horror contemporáneo, a partir de mis lecturas y mis influencias. Tengo novelas inéditas y podría haber elegido publicar alguna de ellas, pero para el arranque de la editorial Muerde Muertos preferí un texto que le diera una perspectiva a todo lo demás. Hay, por ejemplo, una idea instalada que sostiene que estas historias tienen que dar miedo; si no, carecen de valor. Los más arriesgados citan a Lovecraft porque leyeron por ahí que habla del “efecto” del miedo cósmico que debe producir un texto. En lo personal pienso que es una mala interpretación de cuál es el eje de un cuento de terror. Creo que lo mejor de Lovecraft no es el miedo que pudiese causar en algún lector, sino cómo explora las partes oscuras de la existencia, aquello “íntimamente relacionado a las emociones primitivas”, como el propio Lovecraft remarca en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura. Incluso, Lovecraft pone como modelo a Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. A su vez, el inglés Ramsey Campbell agregaría que lo importante está en la indagación de los miedos y las fobias de una sociedad, y no en la búsqueda de ningún efecto. En una de sus novelas, Campbell cita una frase de David Aylward (La venganza del pasado: el significado cultural de la literatura sobrenatural), a lo que adhiero con matices: “Los escritores (de literatura sobrenatural) que se esforzaban por impresionar y lograban aterrorizar, ahora se esfuerzan por aterrorizar y sólo logran asquear”. ¿Qué extraigo de este pensamiento? Que lo más importantes son las historias, el drama de los personajes, la atmósfera, la incursión en zonas oscuras. Un buen cuento de terror explora lo ancestral que aún vive en nosotros.
¿Cómo elegiste el nombre para el libro?
“Los fantasmas siempre tienen hambre” es una frase del antropólogo inglés R.D. Jameson, que Peter Straub utiliza como epígrafe en su novela Fantasmas. Cuando la leí sentí que está muy familiarizada con “Los muertos viajan rápido”, del alemán Gottfried August Bürger, que Bram Stoker cita en Drácula. Pensé que para los amantes del gótico funciona como anticipo del universo ficcional de los cuentos, mientras que para el resto de los lectores habla de esas sombras, de esas persistencias, de esos aspectos oscuros que creemos superados en nuestras vidas, y que, de pronto, percibimos que son amenazantes y peligrosos para nuestra estabilidad emocional.
El libro está compuesto por once cuentos, ¿cómo fue el proceso de selección de los mismos?
La idea fue mostrar qué pienso sobre los cuentos de terror. Traté de no repetir tramas ni temas. Para esta ocasión trabajé con cierta idea de brevedad y condensación, en un camino inverso al usado en mis novelas donde busqué la expansión, el desarrollo de una idea a lo largo de varias páginas. Intenté incorporar algunos cuentos que parezcan reconocibles como cuentos de terror y otros que estén en un límite impreciso con otras estéticas, en una hibridación que apunte a enriquecer esta corriente literaria.
¿Cuál es la imagen disparadora de tu cuento llamado “El Gordo”?
La primera escena fue imaginar a Martín comiendo fideos como una máquina excavadora, y su padre, al lado, fastidiado porque su hijo es obeso y no sabe cómo hacerlo adelgazar. Ambos están en silencio en una casa, con una televisión prendida. La guía para el relato fue tensar esa situación, y hablar por un lado de ciertas buenas ideas (aquí: la importancia de estar delgado y cuidar la salud) que pueden ser nocivas llevadas a un extremo, y por otro, reflexionar sobre la fuerza arrolladora de cualquier compulsión que no se clausura con ponerle un candado a la heladera.
¿Por qué pensás que es una de las historias del libro que más llama la atención?
Y porque todos somos un poco el Gordo que alguna vez nos enfrentamos con un padre policía que busca llevarnos por la senda del bien. Todos tenemos algún motor que ronronea secretamente, con el que convivimos y que sabemos que siempre estará ahí, latente. A veces lo aplacamos por las buenas. Pero casi nunca por las malas.
¿Alguno de los cuentos es autobiográfico?
Ninguno. Siempre hay elementos prestados de la realidad, de mi historia personal, de libros, de anécdotas de amigos, pero nada está tal cual sucedió. Pienso, igual, que toda literatura puede leerse como una suerte de autobiografía, porque remite a ciertas sensaciones vividas por el autor, más allá de donde estén situadas las historias o haya vampiros, zombis o muñecos Frankenstein.
¿Cómo nace la idea de crear la editorial Muerde Muertos?
Con mi hermano Carlos compartimos el amor por los libros y hace mucho teníamos ganas de crear un espacio para que circularan nuestras obras. El nombre nació casi de una confusión, o en términos freudianos de un acto fallido. Con Carlos publicamos en 2007 la novela Recuerdos parásitos (quién alimenta a quién…), y mientras yo decía que era una novela de terror, él explicaba que era una novela erótica. De esta manera llegamos a la conclusión de que eran dos caras de la misma moneda: la pulsión de vida y la pulsión de muerte, el placer de morder y la fascinación por el misterio de la muerte. A la hora de fundar la editorial, nació el sello Muerde Muertos, con una colección que bautizamos Muerde (para lo erótico) y Muertos (para el terror). Así, publicamos Inmaculadas, por Muerde, y Los fantasmas siempre tienen hambre, por Muertos. Pero como en el fondo creemos que lo importante es la literatura por sobre las catalogaciones, lanzamos una tercera colección que bautizamos Ni Muerde Ni Muertos, por donde apareció Ingrávido, de Fernando Figueras, que es una muestra del mejor realismo delirante y que recomendamos por su humor ácido y corrosivo.
¿Qué balance hacen del año 2011 al frente de la editorial?
Para los muerde muertos fue un gran año, por varios motivos. En primer lugar porque tuvimos presencia en distintos eventos literarios (La Torrede Babel de Libros, Naranjas Azules, Corrincho, La Ciudad Captada, Té con Palabras, Sirenas y te Ahorcas, La Nochede las Librerías) y ferias del libro (Mar del Plata, Virrey del Pino, Morón, Villa Sarmiento). Recibimos reseñas y varios artículos, además de cosechar amigos lectores que se prendieron con nuestra propuesta estética. Un acontecimiento importante fue participar del colectivo Austronautas (integrado por Fernando Figueras, Carlos Marcos, Juan Guinot, Pablo Martínez Burkett y José María Marcos), que intervino en las Jornades de Literatura Fantàstica, Ciència Ficció i Terror de Castelló Fantasti’CS 2011 con la proyección de la lectura de cuentos en noviembre de 2011 en la Librería Argot (Sant Vicent 16, Castelló, España). Al balance sumamos que los autores y nuestra diseñadora Mica Hernández tuvieron varios reconocimientos y premios durante el 2011, hecho que es alentador.
¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Para abril de 2012 van a salir dos libros por Muerde Muertos. Uno de ellos es una nueva novela que escribimos con mi hermano Carlos, titulada Muerde muertos (quién alimenta a quién...), a través de la cual queremos contarles a nuestros lectores qué son los muerde muertos. Es una historia epistolar con tintes góticos que transcurre mayormente en Buenos Aires y Salamanca, y un poco en Uribelarrea, que redobla nuestra apuesta por el terror, lo erótico, la trama policial y el realismo delirante. Una de las primeras actividades será presentarla en el 2º Festival Azabache de Novela Negra y Policial, que se llevará a cabo entre el 10 y 13 de mayo en Mar del Plata. El otro libro es la novela Beber en rojo (Drácula), de Alberto Laiseca, con edición y prólogo a mi cargo. Se trata de una clase magistral e imprescindible sobre la mejor literatura fantástica, que aborda el tema de la importancia del monstruo en el arte, y que sin dudas prestigia el catálogo de nuestra editorial.
(*) Télam, febrero de 2012.

Ñ: Historias espeluznantes de fantasmas

Los fantasmas siempre tienen hambre, de José María Marcos (Muerde Muertos). Según Alejandra Zina, “el cuento que más miedo medio es el hombre común y corriente. Un Hitler hogareño que tortura física y psicológicamente a su hijo obeso”. Esta y otras historias espeluznantes.



Ñ Revista de Cultura, página 23, edición Nº 437, sábado 11 de febrero de 2012.