“No llorarás”, de César Melis: siete cuentos ganadores, siete conferencias magistrales

Juan Carlos Puppo leyó con exquisitez textos del autor. José María Marcos comentó aspectos de la obra y le realizó un reportaje al escritor. “La imaginación salva al individuo. Cuando uno recuerda su vida, retoca detalles. Lo que pensamos de nuestro pasado no siempre es estrictamente cierto. Al evocar situaciones dolorosas, uno mejora las circunstancias para atenuar la angustia. La imaginación es algo que nadie nos puede quitar. Creo que el mundo sería mejor con una mayor dosis de imaginación”, expresó Melis.
Juan Carlos Puppo, José María Marcos y César Melis.
No llorarás, de César Melis, es una gran edición que reúne siete cuentos ganadores escritos entre 1979 y 2009 y un dossier de siete charlas ofrecidas durante el 2009 y 2010 sobre el oficio de novelistas, cuentistas y poetas. Se presentó el jueves 15 de marzo de 2012 en Ayacucho 357, Buenos Aires, ocasión en la que el actor Juan Carlos Puppo leyó “Segunda oportunidad” (Premio Santo Tomás de Aquino 1997) y recitó el monólogo inicial de “Cuento puro, puro cuento”, escrito por César Melis, quien a su vez compartió el texto “No llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario”.

BUSCANDO LA FÓRMULA DEL ÉXITO

José María Marcos comentó aspectos de la obra y entrevistó al autor. Tras la lectura del texto “No hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”, conversó con Melis, quien hizo un racconto de su trayectoria de más de 30 años.
—Mi primera pregunta es clave para muchos de los presentes. ¿Cómo se hace para escribir siete cuentos ganadores? ¿Hay alguna fórmula?
—De saberla, me presentaría en los concursos de cien mil euros. Con una novela, tuve la suerte de quedar finalista en un certamen que tenía un importante premio monetario y lo ganó Gioconda Belli. Pero... no conozco la fórmula. Me he presentado en muchos concursos. Pienso que las fórmulas no existen, porque cada jurado es distinto y tiene expectativas o gustos diferentes. “A espaldas de Dios”, que fue premiado en 1994, trata sobre un cura abusador. Si uno se pone a especular, puede llegar a decir: “No mando este cuento, porque si el jurado es católico no me van a premiar”. Y eso, en verdad, nunca se sabe. Es muy difícil conquistar a los jurados. Lo sé, porque habitualmente integro jurados y todos tenemos preferencias distintas. Pienso que no existe ninguna fórmula. Sólo hay que dedicarse a escribir y tratar de hacerlo de la mejor manera posible.
—“Arena de circo” fue premiado en 1979. ¿Qué significó este reconocimiento?
—Era muy jovencito. Vivía en Ramos Mejía con mis padres. Venía de una familia humilde; mi papá era carpintero y no entendía bien qué hacía yo leyendo hasta tarde. De vez en cuando escuchaba su voz: “¡Apagá la luz!”. Un día llegó a casa un sobre que venía de España, y me puse a mirar las estampillas. Tardé en darme cuenta que estaba dirigido a mí: había ganado el Premio Internacional Quevedo. Me lo entregaron en Buenos Aires. Me acompañó mi novia de entonces, que ahora es mi esposa. A partir de ese día, mi papá no pidió nunca más que apagara la luz. Si bien no entendía cuál era mi mundo, comenzó a respetarlo. Desde ese día, me dije a mí mismo: cuando tenga un hijo, aunque no entienda lo que él elija o sus gustos, tengo que respetarlo. Esto es lo que aprendí de aquel primer premio.
—En “Arena de circo” aparece, por primera vez, tu Tía Ñata. ¿Los personajes acompañan al autor durante toda la vida?
—Justamente ahora estoy escribiendo un nuevo cuento con la Tía Ñata. Es un personaje con mucha personalidad. Cuando presenté los primeros títulos de la editorial Muerde Muertos, también esbocé algunas ideas, “como dice mi Tía Ñata”. Al finalizar se me acercaron tres mujeres, y una de ellas me dijo: “¡Cuántas verdades dice su Tía Ñata!”, y tímidamente esbocé: “¿Y si le dijera que mi Tía Ñata no existe, que es un invento?”. Y ella me respondió: “Vamos, ¿cómo va a decir que no existe?”. Ojalá todos los escritores pudiésemos encontrar esos personajes que acompañan al escritor y a sus lectores durante toda una vida. Bioy Casares decía que imaginar es crear un cuarto extra a la casa de la memoria, y es cierto, porque quienes escribimos o leemos tenemos un lugar donde refugiarnos cuando la realidad se nos vuelve difícil.
—Mencionaste “A espaldas de Dios”. ¿Nació de la indignación? ¿Cómo fue ganar un concurso con ese cuento?
—Por radio escuché la noticia de un cura pederasta en Mendoza. Comencé a preguntarme por qué lo haría, y me dije: debe actuar así cuando siente que Dios le da la espalda, cuando Dios no lo está observando. Paralelamente, venía estudiando la historia del peronismo, y entonces, el crecimiento del sacerdote lo ambienté durante esa época, en tres etapas: cuando asume Perón, la muerte de Eva y el alejamiento de Perón del poder y la muerte de Perón en 1974. Fue raro que me premiaran ese cuento, y más raro aún que lo hicieran dos veces. El cuento ganó en la Dirección General de Bibliotecas y también lo premió el Cronista Comercial, que lo publicó en una doble página central. La entrega en la Dirección General de Bibliotecas es digna de otro cuento: el jurado estaba compuesto por Antonio Requeni, Alfredo Veirabé y Jorge Calvetti. Un locutor estaba encargado de leer las menciones de menor a mayor. Tomó un diploma de la mesa y dijo mi nombre. Feliz, subí al escenario a recibir mi papelito, saludé a todos y volví a mi lugar. De pronto, se produjo un momento de tensión: Requeni llamó al locutor, hubo algunas discusiones, mientras que yo no sabía si debía devolver o no mi diploma. Recompuesta la escena, el locutor dijo: “Hubo un error”. Y tras un largo silencio, agregó: “El ganador es César Melis”. Fue un momento muy fuerte. Más cerca del final, el actor Carlos Carella comenzó a leer el cuento, y se emocionó tanto que se puso a llorar. Entonces, Cecilia Rosetto completó la lectura. Y como si fuera poco, la periodista Nina Cortese (en ese entonces presidenta de APTRA), que también había participado, se me acercó y me dijo: “Cómo no ibas a ser el ganador, si es un cuento precioso”. Con todos estos ingredientes, es una de las entregas de premios que viví con mayor emoción.
—“Historia en rotación” (Premio Fundación Dante 2002) es un cuento que sólo pudo haber escrito un poeta. ¿Te sentís más poeta que narrador?
—Es una pregunta difícil. No me siento más una cosa que otra. Tal vez la diferencia radique en el punto de partida. Por ejemplo, hay diferencias entre aquellos que vienen de la poesía y los que vienen del periodismo. Los de la poesía se detienen en las palabras, en las metáforas, y los del periodismo tienen un estilo más directo. Pero no pienso que haya un estilo mejor que otro: arrancando desde estéticas diferentes, se pueden hacer buenas historias y literatura de calidad.
—“El cazador de ballenas” ganó el Concurso Internacional Fundación Gabriel García Márquez en 2009. ¿Qué significó este reconocimiento 30 después de ganar con “Arena de circo”?
—Fue una gran sorpresa, porque la temática debía ser ecológica. Nunca antes había escrito un relato con esas características. Hubo cerca de 900 participantes, y resultó la primera vez que un argentino gana ese certamen. Se trata de un cuento que quiero mucho, porque me animé a incorporar temas y escenarios infrecuentes en mis relatos, con los indios alacalufes que mataban pichones de ballena para comer, contraponiéndolos con los buques factorías y sus cacerías indiscriminadas de ballenas.

HAY QUE PASAR LA POSTA

—Hablemos de “Siete charlas, siete noches”, donde abordás los siguientes temas: 1º Secretos del cuento, 2º La palabra poética, 3º La novela como aventura, 4º Oficio versus imaginación, 5º El taller literario, 6º Lectura y escritura y 7º El escritor y su lenguaje. ¿Cómo surgió el ciclo?
—Dunken propuso una serie de charlas, y Guillermo de Urquiza, responsable de la editorial, me convocó. Preparé las conferencias, las di y la respuesta del público fue muy estimulante. Cuando salió la posibilidad de reunir los cuentos, pensé que era una buena ocasión de reproducir también las conferencias, donde hay un resumen de mi vida en relación a mi aprendizaje con la literatura. Y pienso que fue una buena ocasión de hacer un balance y también la manera de pasar la posta a los otros. Porque ¿de qué sirve todo lo que aprendí si no lo comparto? En este sendero de polen, que es la vida, como dice Octavio Paz, hay que transmitir lo que uno ha aprendido. Agradezco a Dunken la idea de las conferencias y la posibilidad de publicar este libro.
—¿Por qué pensás que “no existe lugar de pertenencia más entrañable, insólito, difícil y enriquecedor que un taller literario”?
—Es una experiencia enriquecedora, no sólo para la gente que asiste al taller, sino para el que lo dicta. En 24 años de docencia he aprendido mucho de mis alumnos. El taller literario, sea individual o grupal, es muy valioso, porque genera un lugar de pertenencia, un lugar de personas unidas por la palabra. La clave está en que el coordinador del taller no se ponga en el centro y quiera que todos sus alumnos escriban como él o como Vargas Llosa; lo más interesante del taller es que el coordinador ayude a los asistentes a encontrar su propia voz, su propia identidad.
—Más allá de lo técnico, ¿qué significó conocer en persona a escritores como Marco Denevi y Syria Poletti?
—Ellos me transmitieron mucha sabiduría. Hay otros como Hermes Villordo, Isidoro Blaisten, Atilio Castelpoggi, Beatriz Guido o María Granata, que sigue con nosotros. Todos ellos han sido muy generosos conmigo. Hoy quedan pocos grandes que da gusto escuchar. He tenido la suerte de pertenecer a una época en que los escritores dialogaban mucho con sus lectores. Hoy parece que lo más importante es vender ejemplares. Viví un resabio de una época de oro, y mediante estas conferencias me considero satisfecho con transmitir un cinco por ciento de lo que recibí de estos grandes autores.
—Leí en estos textos que te robaste un libro de la biblioteca de la escuela primaria. No voy a presentar ninguna denuncia, pero tengo dos preguntas. ¿Recordás qué te impulsó al hurto? ¿Todavía conservás ese ejemplar?
—El libro lo tengo en casa. Jamás lo devolví. Tuve una infancia medio rara. Viví en un barrio industrial donde no había chicos para jugar. En mi casa estaba el único teléfono del barrio, y las directoras y las maestras venían a casa para poder hablar. Mi hermana hizo la primaria en el mismo colegio. Por circunstancias de la vida, comencé el secundario a los 11 años y la universidad a los 15; siempre fui muy chico para todo, convirténdome en el bibliotecario de sexto grado (“el bibliotecario más chico del mundo”, como me presentó un día Canela). A mí me gustaba leer, y en aquella biblioteca descubrí El príncipe encantado, de Hans Christian Andersen. No sé bien qué me llamó la atención, quizás las ilustraciones, pero me impactó y quise quedármelo. Es la historia de una niña que teje mantos con ortigas para que sus hermanos, que han sido convertidos en cisnes, vuelvan a recuperar la forma humana. La bruja Morgana era la madrastra y, por cierto, muy mala. Había drama, dolor, aventura, abnegación, y pensé: “Me lo quedo”. Un día, la maestra me dijo: “Melis, tiene que ver a la directora”. Supuse que era por el libro. Me presenté abochornado a la Dirección, pensando qué excusa iba a poner, cuando la directora me felicitó y me contó que iba a participar del programa de Canela. ¿No sé qué me llevó a quedarme con el libro? Aún hoy me lo pregunto. Y lo adoro: pienso que me abrió la puerta para todo lo que vino después.

RECIÉN CUANDO ALGUIEN REALIZA UN VIAJE, PUEDE CONTAR ALGO

—La primera sensación que tuve en el contacto con este libro fue recordar la frase popular que dice: “Recién cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo”. Me gustaría hacerle las últimas preguntas al Melis viajero. ¿Qué obtuviste y qué perdiste en estos 30 años de la literatura?
—Cuando reuní los siete cuentos ganadores vi a un hombre que envejeció 30 años leyendo y escribiendo, haciendo lo que sentía que debía hacer. La vida quita y da, y la literatura me ha ayudado a vivir.
—¿Pensás entonces que “no hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación”, como dice María Negroni?
—La imaginación salva al individuo. Cuando uno recuerda su vida, retoca detalles. Lo que pensamos de nuestro pasado no siempre es estrictamente cierto. Al evocar situaciones dolorosas, uno mejora las circunstancias para atenuar la angustia. La imaginación es algo que nadie nos puede quitar. Creo que el mundo sería mejor con una mayor dosis de imaginación.
—Te formaste en talleres literarios y dedicás tu vida al dictado de talleres. ¿Hay algo que cuando comenzaste como alumno dijiste: “Este tipo está equivocado”, y con el tiempo le diste la razón?
—Hay varias cosas. Pero en este momento recuerdo algo que me dijo Isidoro Blaisten, quien, al enterarse de que comenzaba con los talleres, me dijo: “Mire, Melis, si usted quiere que las cosas funcionen, no permita que le traigan ni un caramelo sus alumnos. Porque si es una clase grupal, hoy es un caramelo y mañana es una buseca”. Durante años seguí este consejo a rajatabla y apenas servía un café. Un día, una alumna vino con un budincito. Yo la reté y le dije que se llevara el budín. Un tallerista, llamado Juan Carlos, a quien quise muchísimo, me dijo: “Maestro, ¿por qué es tan rígido con la gente? Usted sigue las enseñanzas de Blaisten, pero, por ahí, a usted le puede funcionar de otra forma”. Y me dije: “Quizás tenga razón”. Con los años, y a medida que las clases grupales se llenaban de comida, Juan Carlos me decía: “Maestro, estamos cada vez más cerca de la buseca”. Hoy en las clases grupales hay de todo: sándwiches, té, café, champagne, vino, empanadas tucumanas. A veces me queda comida para siete días. Y el taller... sigue funcionando.
—¿Qué peligros debe enfrentar un viajero que se dedica a la literatura?
—El mayor peligro es el ego. Cuando el que escribe comienza a tallar su propia estatua de bronce, vamos mal. Cada escritor debe tener una cuota de autocrítica y distancia con su texto. El escritor no debe dejarse embaucar por el espejo del ego.
—Por último, ¿concebirías tu vida sin la literatura?
—De ninguna manera. Si no me dedicara a esto, tendría que dedicarme a la carpintería, como mi papá, que es un trabajo muy creativo. Pero, la verdad, sólo me imagino leyendo y escribiendo, como lo he hecho durante todos estos años, junto a mi esposa Liliana y mi hijo Esteban, quienes son todo para mí y que me acompañan en lo que hago. Leer y escribir son, sin duda, mi mayor pasión.

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