“No llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario”

José María Marcos y César Melis.
Por César Melis (*)

Llorar. Llorar porque sí, por amor, por dolor, por ausencia. Llorar a escondidas, bajo la ducha, contra la almohada, en silencio, nunca por equivocación, nunca por casualidad ni por sorteo. Llorar por piedad, por rencor, por furia, por impotencia, por arrepentimiento. Llorar a gritos, con hipo, con mocos, con un trapo invisible en la garganta que nos va ahogando y nos convierte en un raro envase lleno de arena, lleno de ruinas, de recuerdos, de fósiles que sólo resucitan con llorar, con aullar en medio de ese mar de lágrimas que crece hasta convertirse en un océano, en un peso tan grande como un barco fantasma cargado de erizos, de cactus, de clavos y tachuelas. Llorar hasta agotar, hasta drenar todos nuestros miedos, nuestras pesadillas y limitaciones, nuestras culpas y renuncias, nuestra levedad en esta vida aún mucho más leve. Llorar sin fe, con fe, contra el gran muro de la hipocresía, de los trueques sin sentido, de las preguntas obvias, de las respuestas tontas, de las habladurías que a nuestras espaldas se arrastran como víboras y pían dulcemente para venir a comer de nuestras palmas, como palomitas. Llorar por soledad, por derrumbe o por clausura interna, sin el menor gesto visible o sacudiendo todo el cuerpo. Llorar hasta reír, hasta exiliar las penas y prejuicios, las lástimas y compasiones. Reír hasta la carcajada, hasta dolernos la mandíbula, hasta encontrar en el espejo a aquel que ríe por no llorar, a aquel que está dispuesto a la batalla y aún cree que lo mejor no sucedió, que el milagro está a solo un paso, que la esperanza no es sólo verde porque algo o alguien le ha sacado la gomina al tiempo y nos damos cuenta que el mundo es multicolor, es multiforme, es multiancho y multilargo, es multilibertad en 3D como para venirnos a amargar con un problema más, a amenazarnos con un palo hecho de mediocridad o envidia. Reír hasta contagiar, hasta contaminar todos nuestros oscuros rincones y desterrar esa angustia andrógina y maldita, pegajosa y recurrente. Reír hasta morir... pero morirnos de risa, de ganas de abrir la boca y decir y preguntar con total ingenuidad: ¿Qué es eso de llorar? ¿Qué es eso de andar entre pañuelos, gimoteos y quejidos, si la vida es una gran cuchara que se ofrece por igual a todos los hambrientos, a todos los sedientos de carcajadas como música que sube desde la planta M pie al último pelo de nuestra cabeza? ¿Alguien me puede decir de qué otra cosa está hecha la vida? Vamos, a partir de hoy, a garabatear un nuevo precepto: no llorarás, a no ser que sea estrictamente necesario.

(*) Editorial Dunken, Ayacucho 357, Buenos Aires, 15 de marzo de 2012.