Sordo

Por Fernando Figueras (*).

Abre la boca en pleno vuelo y devora miles de insectos. Las cenas gourmet en la mansión fastuosa son una ironía de la pantalla. Luego contrae la laringe y emite ultrasonidos. La recepción del eco —no una máquina estrafalaria— lo guían en su búsqueda. Las señales se suceden hasta unirse en un zumbido que revela cercanía. Su monstruosidad innata, puesta al servicio de la Justicia, le ha permitido localizar al enemigo. Está allí, al final de un túnel, en la bóveda del Banco. Aprovecha entonces la galería de tierra abierta por el villano, y entra. Al acceder al recinto escucha una risotada histérica —lo único parecido a la ficción—, y enseguida una explosión que dispara la alarma. La nube de polvo se disipa. El ladrón observa el agujero en la pared, suficiente para entrar y salir dando pasos de baile, y alarga aún más su sonrisa pintada. La exclamación silenciosa que hay en su rostro se vuelve pregunta cuando descubre al superhéroe al costado del boquete. Más que su presencia, lo sorprende su comportamiento. Se contorsiona y chilla de dolor con las manos en las orejas. La detonación ha penetrado en sus oídos con la saña de un bisturí de mala praxis. Está sordo; o sea ciego. Es un Hombre Murciélago de verdad. Se mueve a pasos cortos, desorientado, como un fantoche ebrio. El malvado, sin comprender qué sucede, aprovecha para atacar. El héroe en tinieblas tira golpes sin destino y recibe una paliza incontenible. Intuye el desenlace y grita, mostrando el filo de sus caninos fileteados con sangre. El otro saca un revólver. Apunta. No habrá extraños mecanismos para la muerte. La realidad no da tantas oportunidades. Dispara. Espera un segundo y alza la vista, incrédulo ante una victoria tan simple. Es un rey recién coronado. Exultante, recoge el dinero sin dejar de mirar al rival abatido, su verdadero botín. Huye.
La policía iguala realidad y ficción llegando tarde una vez más.
(*) El relato forma parte de la edición Nº 109 de miNatura, dedicada al género breve fantástico.