“Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte” (Oscar Wilde)

Palabras de presentación de La vida es rara, de César Melis.

Por José María Marcos (*)


Ana Padovani, César Melis, Juan Carlos Puppo y José María Marcos durante la presentación de La vida es rara.

La escritora Syria Poletti, en una entrevista que figura como apéndice de su Taller de imaginería, afirma que escribir es realizarnos como seres humanos, “es bucear en nuestra conciencia individual e histórica; es comunicar esa suerte de universo del milagro que late en nosotros; es dar noticias que interesan al alma; es encontrar el lector secreto, que puede ser uno o un millón”. A continuación agrega que el escritor “debe saber que la cultura es imprescindible, pero que la materia prima está constituida por las vivencias, las experiencias, el sufrimiento, las renuncias, las obsesiones, las pasiones, la lucha diaria”.
Por varias razones considero que estas palabras son más que pertinentes para hablar de La vida es rara. En primer lugar: Syria Poletti ha tenido una profunda relación con el autor que nos ocupa y, además, su obra sigue siendo un faro que ilumina a quienes amamos la literatura. En segundo término: la cita se vuelve aún más pertinente, porque César Melis parece haber seguido al pie de la letra estas enseñanzas y ha buceado en su conciencia, para hacernos partícipes de sus vivencias y de sus lecturas.
En este sumergirse en el mar de la memoria, ha ido desplegando una gran variedad de reflexiones sobre el sentido de la vida, con la ayuda de otros colegas y de sus propios personajes, como si estos cuentos fueran piezas de un gran rompecabezas, de un tratado que rescató de un naufragio.
Escuchemos algunos ejemplos.
En el relato titulado “Descuido”, el autor evoca otras palabras de Syria Poletti: “Vivir sin zozobra es como leer un cuento en donde nunca pasa nada. Aunque esté muy bien escrito, con el vocabulario más seductor y el genio más asombroso, el lector se dormirá a la tercera frase si falta adrenalina. En un hogar pasa lo mismo: se requiere de cierta electricidad para que haya historia... debe haber descuidos”. A renglón seguido, el autor comete un descuido que le hubiera arrancado una sonrisa a su amiga. Cito textual: “Claro que ella, que era una cultísima escritora italiana y pertenecía a una familia numerosa, vivía sospechosamente sola”.
En otra historia, un personaje dice al pasar: “La gente es rara, vivir al lado del loquero debe trastornar un poco ¿no le parece?”. Uno se detiene ante la frase y se queda pensando que la vida es algo así como un cotolengo que puede trastornarnos. ¡Si no me creen… miren a su alrededor! ¡O tal vez a esta mesa!
Otro cuento empieza con un acápite del cineasta Federico Fellini: “Pretender atravesar la vida protegidos por certezas inmutables es casi infantil. Los imprevistos no forman parte del viaje, son el viaje mismo”. En esa ficción, un personaje —el griego Nikos Laskaris— opina: “La vida es una isla. La vida es una desierta y pequeña isla rodeada de mar, que es un misterio. Ese misterio que nunca deja de moverse, que tiene la voz de las olas del tiempo, que le da a esa porción de tierra sitiada su destino de isla, es la muerte”. Luego añade: “La muerte tiene la cara del silencio, el paso de la sombra y el sabor salitre, de mares sin fondo. Cada ser tiene su ritmo. Cada amor su melodía. El verdadero aprendizaje de nosotros, los isleños, es dar con nuestra propia partitura”.
El padre Oscar, en cambio, dice que “La vida es una cadena interminable de favores”, en una frase que nos suena dicha sin demasiada meditación, pero que pone de manifiesto la trama invisible que sostiene cualquier acuerdo social. El mismo personaje, inmerso en sus contradicciones religiosas, afirma que “la mentira es una versión corregida de la verdad” y uno podría pensar que los recuerdos suelen ser versiones corregidas de nuestra vida.
Y, como si fuera poco, Vlady Kociancich se suma al coro de voces: “Siempre supe que la vida es rara. Pero más raro es uno”, y Borges, que no quiere quedarse afuera, tira el bastón, sale corriendo y remata: “No hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa, / tal vez en la tiniebla hubo una espada o una rosa / sólo me queda la ceniza, nada. / Absuelto de las máscaras que he sido/ seré en la muerte mi total olvido”.
En este largo descender en busca de prodigios, César Mélis ha escrito un agudo breviario sobre la existencia, que a mi juicio (y espero que no sea impertinente) es también dos libros.
Veamos.
Por un lado, están los cuentos con escenas inesperadas que rompen la monotonía de la vida cotidiana. Esas historias son once y nos llevan desde situaciones tragicómicas, como el monólogo de la bailarina renga del “pata-pata” (que interpretará Ana Padovani), hasta sórdidos relatos como “A destiempo” donde la desesperación, que no es buena consejera, hace que un camionero imagine una salida imposible a su gris realidad.
Hay más de estas estampas, por supuesto.
En “Bien despierta” una hija adoptiva mata a su madre machacándole la cabeza con una plancha para bifes. ¡Linda forma tiene César de ayudar a superar los conflictos entre madres e hijas! ¡Chicas: no sigan este ejemplo!
En “Estampillas” un pícaro nieto quiere jugarle una mala pasada a su dulce abuelita sin saber que las abuelas del siglo XXI no son como las de antes y son los lobos los que deben andar con mucho cuidado.
“Con la ayudita de Pedro” es un relato de un terceto donde una mujer despechada le dice unas cuantas cosas a una “Frida Kahlo de los suburbios porteños”, y todos sospechamos que allí aún queda algo de ese amor secreto.
La mujer de “La apasionada” confunde un poco el amor con el odio; y “Mal de sauce” nos relata la historia de Isabel Ducó, una de esas princesitas que olvidan que la vida tiene pies de barro hasta que vuelven a tener la cara adentro del charco.
“La hostia en la bragueta” es a mi parecer uno de los cuentos más desoladores. Contiene mujeres y hombres sin rumbo, aburrimiento, incesto, deudas de sangre, culpa, largas tardes pueblerinas y un cura que encarna todas las contradicciones humanas, pero que trata de ser bueno con el prójimo porque es católico... y, también, a pesar de ser católico.
En “La orquídea embalsamada” y en “Los inútiles”, el autor mete a una gran cantidad de personajes en una caja, la sacude un poco y después se pone a recrear lo que ve mediante el sutil lente del humor negro.
“La vida es rara”, cuento que da nombre al volumen, es el progresivo descubrimiento de lo que Freud llamó “lo siniestro”: aquello que siendo familiar poco a poco comienza a transformarse en una amenaza y el protagonista, catalogado “el raro de la familia”, es el único que puede comprender la dimensión de la hipocresía que implica ser normal.
Hasta aquí tenemos el lado A de La vida es rara.
En el lado B hay otros seis relatos breves, con pinturas autobiográficas y remembranzas de tiempos transitados, donde la mirada del poeta transforma la sustancia de lo rutinario en algo trascendente. Para hablar del lado B estaría tentado de citar largos párrafos, porque son verdaderamente deliciosos y porque a través de ellos el autor nos permite entrar un poquito a su casa y nos presenta a su padre Juan, a su esposa Liliana, a su hijo Esteban, al gato Timmy, a Ginger y Fred (sus pájaros), a la tortuga, y también a sus amigos, a sus alumnos, a sus vecinos. ¡Pero, ojo, veo movimientos nerviosos allá en el fondo, no se preocupen todavía: César es discreto y no revela más de lo necesario! El detalle pormenorizado de ciertas anécdotas tallerísticas —me confesó la otra tarde—, quedará para un libro que se editará más adelante.
Prosigamos.
Para asomarnos a este lado B sólo citaré un fragmento. Ya Juan Carlos Puppo nos hará escuchar completo el relato titulado “Juan”.
Por lo pronto, éstas son las reflexiones del autor en un cara a cara con su tortuga: “Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños. Con discreción de monaguillo intento detectar nuestras similitudes, como cuando algún pariente nos acerca esa foto vieja en donde nuestros padres lucen rabiosamente jóvenes y buscamos, a escondidas, los mínimos detalles que nos unen. Creo que nuestras semejanzas no saltan a simple vista, pero existe algo en la actitud de ambos que liga su mecanismo vital a las herramientas de mi oficio: salimos del silencio y volvemos al silencio con la misma convicción de quien no duda que el nacer contiene el morir, la luz a la oscuridad y el esplendor a la decrepitud”.
Ya cerrando la presentación, y a riesgo de sonar reiterativo: si bien es cierto que uno podría disfrutar de estos libros por separado, el autor ha decidido mezclarlos como en un mazo de cartas, aunque no nos ha dicho si nos invita a jugar al truco, al chinchón o al póquer.
Y hete aquí la clave de La vida es rara: podríamos estar ante la presencia de dos libros (uno que habla de hechos inauditos y otro que recrea pequeños momentos de felicidad), pero hay una sola obra, en la que el autor armoniza en medidas justas la poesía y la prosa, y sabe dar información cuando es necesario y sugerir cuando así lo requiere una historia. Compone escenarios, personajes y tramas en función de esa vaga emoción que solemos nombrar como belleza.
Su amado Oscar Wilde, muy presente en estas páginas, decía justamente que “el artista es el creador de las cosas bellas” y agregaba: “Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte”.
Creo intuir, entonces, que más allá de lo que dice cada cuento, esta mezcla sugiere algo que no está escrito en el lado A ni en lado B, pero que aflora en cada palabra con la fuerza de aquello que está presente aunque no lo nombremos.
La vida es rara, repite César una y otra vez, tan rara que en medio de pérdidas, tristezas y angustias, nos da la posibilidad de alcanzar la felicidad cada día a través de aquello que tenemos al alcance de nuestra mano.
Por eso, he llegado a la meditada conclusión de que, en cuanto al día de hoy, ¡qué mejor que llevar La vida es rara para comprobar que los momentos de felicidad son posibles y no tan raros!
Muchas gracias.

(*) Editorial Dunken, Ayacucho 357, Buenos Aires, 4 de junio de 2009.