“El fondo del corazón es árido. El hombre siembra sólo aquello que puede… y lo cuida”. Stephen King, Cementerio de animales

Página/12 | Silencio y noche en mi tumba, ecos de los límites humanos



La novela Silencio y noche en mi tumba (2026), de José María Marcos, refiere la historia de Antonio Barragán, un periodista de la prensa gráfica atravesado por la crisis argentina de 2001. Él decide abandonar la ciudad para cambiar y mejorar su vida reinstalándose en Hust, su pueblo natal, donde aún se mantiene en pie la casa de sus padres fallecidos. En el presente, el pueblo es apenas un caserío en decadencia, habitado por varias familias que alcanzan unas quinientas personas en total. Pero otra cosa fue esa región en el pasado, cuando el bienestar de Hust recaía en la fortaleza de pequeños productores que supieron desarrollar y manejar con inteligencia la industria lechera.
El lugar tuvo su magnificencia y holgura a mediados de 1900, cuando más de treinta líneas de trenes cruzaban eufóricos el territorio donde transcurre la novela. Se desplazaban por las que hoy, lastimosamente, sólo son abandonadas vías de trocha angosta. Barragán, padre de una hija, ateo pero ligado al cristianismo a partir de su relación con los salesianos, atraviesa un período de confusos conflictos: trabaja en un matutino al borde de la quiebra y es perseguido por una serie de sueños que no comprende y que se enredan con su separación amorosa que no logra superar. Pese a todas las evidencias de que Hust no es una buena alternativa, Barragán emprende la travesía, convencido de que una vida sencilla, lejos de las presiones, le permitirá reencontrar la felicidad perdida y el transcurrir de un grato final a su existencia.
Con evidente lucidez, en el prólogo de la edición, el cineasta Demián Rugna, director de la multipremiada película Cuando acecha la maldad (2023), destaca: Silencio y noche en mi tumba resuena como el crujido de sogas tensándose para amarrar un barco al muelle, un eco de lazos que atan la memoria al pasado. Allí aparece Antonio Barragán, cargando con su historia: alguien que dejó atrás la fe, las raíces y hasta la posibilidad de evitar que todo se pudriera. Lo entendés, te parás a su lado y querés acompañarlo. La narración ofrece razones para seguir sus pasos, para soltar el lazo de ese pesado barco, huir de la ciudad que devora ideales, proyectos, personas; un mundo en el que uno cree estar inserto hasta que comienza a empujarte para hacerte bajar”. Avezado conocedor del género fantástico, Rugna agrega: “La escritura comienza entonces a perforar el costumbrismo que marcaba los pasos de Antonio, dejando aflorar una monstruosidad latente, como una infección incontenible que siempre estuvo ahí, a punto de supurar”.
Con una escritura cuidadosa, y deslizándose inteligentemente por la cornisa, la novela presenta pasajes de terror psicológico y también encadenamientos de circunstancias más explícitas, especialmente en el tercer acto, con referencias a la tradición de la literatura gótica y el cine. Se destaca, además, una iconografía religiosa que se entrevera con El túnel y Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato; Drácula, de Bram Stoker; Salem’s Lot, de Stephen King; y La llamada de Cthulhu, de H. P. Lovecraft. Son evidentes y logradas las intenciones de homenajear y reconocer influencias, las menciones que hace José María Marcos. En el crescendo de la novela, las acciones se ponen en marcha durante la Semana Santa, en una época en la que es “tiempo de pensar la vida de cara a la muerte”, período dramático que coincide con el momento vital y crucial que inquieta y trastorna a Barragán.
El título de la novela proviene de un verso de la canción Zamba del grano de trigo, que enlaza los acontecimientos a partir del regreso fantasmal de su melodía y sus versos, como símbolo de aquello que nos persigue cuando no nos hacemos cargo de nuestro destino. Su autor es el músico, compositor y religioso Alejandro Mayol (1932-2011), quien integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo hasta que dejó el ministerio. Un fragmento del comienzo marca el tono del texto: “Sentadas en los primeros bancos del templo, mujeres rezaban al unísono largas cadenas de rosarios. Sus palabras, dichas a media voz y a gran velocidad, eran el ronroneo continuo de una barcaza medieval que trataba de mantenerse a flote lejos de Europa, en el corazón del Río de la Plata. Sus cabezas, cubiertas con mantones negros, se hamacaban como péndulos, provocando que el segundero del universo se armonizara de acuerdo con su compás”.
En una nota que cierra la edición, muestro autor nos refiere: “Desde una impronta barroca, me propuse hablar del paso del tiempo, la religiosidad, el suicidio, el deseo, los sueños, los mitos, las herencias familiares, los límites humanos, la finitud, la idea de lo numinoso, las heridas emocionales y las cuentas pendientes”; y, al trazar un paralelismo entre el 2001 y el tiempo actual, agrega: “Los períodos de disolución impactan, forjan identidades, desatan la sinrazón y dejan marcas que trascienden las épocas”.
Con una prosa cuidadosamente pulida y por momentos brillante, que va erosionando lo cotidiano a partir de ciertas señales, la novela Silencio y noche en mi tumba dialoga con nuestro presente, marcado por el derrumbe económico, la falta de horizontes, el individualismo y la ausencia de un sentido capaz de articular un destino común. “La nostalgia es cautivante, tiene buena prensa, pero es una enfermedad”, dice, al pasar, uno de los personajes, como una advertencia para no ir a buscar nuestro futuro donde solo quedan el silencio, la noche y alguna tumba. Publicó el sello Muerde Muertos.