El mundo de Fernando Figueras

Historias que oscilan entre lo fantástico y el delirio 

Para INSOMNIA, Nº 156, diciembre de 2010

La editorial argentina Muerde Muertos presentó recientemente el libro de cuentos Ingrávido, de Fernando Figueras, que contiene siete relatos que pueden enmarcarse en la corriente literaria que el escritor Alberto Laiseca bautizó como “realismo delirante”. Jugando en las fronteras de los géneros, el autor pone el lente de aumento sobre distintas convenciones y prácticas sociales, para reflexionar (y reírse de ellas), creando un singular universo ficcional donde lo caricaturesco alcanza tanto a la realidad como a la literatura misma. Alumno del propio Laiseca, Figueras ha publicado cuentos en las revistas Axxón, miNatura y Guka. Su relato Pileta rusa recibió el 3º premio en el 8º Concurso de Cuentos Alfredo Cossi, organizado por la SADE de Baradero, y Sequía fue elegido para integrar la antología De diez (Ediciones Al Arco, 2009), en el marco del I Concurso Nacional de Cuentos de Fútbol Roberto Santoro, que contó con la participación de casi 600 obras y los jurados Ezequiel Fernández Moores, Walter Saavedra, Juan Sasturain y Ariel Scher. Nacido el 26 de abril de 1970 en la ciudad de Buenos Aires, es profesor de música e hincha de Ferro. En diálogo con nuestra revista, habló de sus influencias, de sus preocupaciones como escritor y de estos cuentos que oscilan entre lo fantástico y el delirio.

—¿Qué escritores reconocés entre tus influencias? ¿Qué libros en particular? ¿En qué sentido te han marcado? 
—Las influencias son varias. Por un lado está Alberto Laiseca, que me influenció con sus libros, pero también con su manera de ver la vida. Lo primero que leí de él fue Matando enanos a garrotazos, un libro de cuentos. Me dije: “Si existe un libro que se llama así, lo tengo que tener”. Lo compré y lo leí en dos días. Buenísimo. Descubrí que yo escribía algo parecido a eso; mucho peor en aquel momento, pero la onda estaba. También me marcó mucho leer a Boris Vian, a quien descubrí cuando ni siquiera soñaba con ser escritor. Su libro de cuentos El lobo hombre, me gustó mucho por aquel entonces. Los dos tienen mucha imaginación, se animan a fantasear, pero a la vez dicen algo con su literatura. Leo Masliah es otra influencia. Tiene un libro de cuentos llamado La miopía de Rodríguez, en el que hay historias raras y divertidas, que me dieron la sensación de que yo podía escribir algo así. Eso es muy importante. Si el parámetro es El Quijote, o Ulises, nadie más escribiría. En ese sentido también me ayudó un libro de Luis Pescetti, Nadie te creería. Era posible escribir eso, y a la vez me gustaba. Otro libro delirante a full es Vathek, de William Beckford. ¡Mamita, qué imaginación! En cuanto al uso de ciertas palabras o ideas escatológicas, fue muy bueno leer Gargantúa y Pantagruel, porque fue escrito a mediados del siglo XVI, ¡por un monje franciscano! Y mandaba cualquiera. El libro es genial, y es un claro ejemplo para aquellos que dicen “ay, lo que se escribe ahora”, horrorizados. Siempre se escribió de todo. El que se sorprende lo hace porque no leyó lo suficiente.
—¿Son importantes los talleres literarios en la formación de un escritor? 
—Creo que fue importante para mí haber ido al taller de Alberto Laiseca. También creo que quizás para otro no sea importante ir al taller de él, o para mí tal vez no hubiese sido útil ir al taller de otro escritor. Como en todo, hay que hacer la propia experiencia.
—¿Qué autores contemporáneos te gustan? ¿Y por qué?
—Juan Guinot, Martín Hain, Leo Oyola, Juan Bautista Duizeide, José María Marcos, Clive Barker y Laiseca. Porque escriben bien, son entretenidos y en sus historias pasan cosas. Para mí tienen que pasar cosas.
—¿Otras disciplinas, como el cine o la música, están presentes en tus cuentos? 
—Sí. No hago referencia a películas concretas en mis cuentos, pero creo que quien los lee puede “armarse la película”. Cuando escribo veo mucho lo que está pasando en la narración. La música está más presente. En mis cuentos hay protagonistas que son músicos, hay canciones sonando.
—¿Qué problemáticas aparecen con recurrencia en tus obras? ¿Cuáles son tus obsesiones y preocupaciones? 
—Los cambios aparecen mucho en mis historias. La gente que se transforma, que pasa (voluntariamente o no) a ser distinta. Es fundamental para vivir, al menos para mí. La monstruosidad es un tema importante. Nos contaba Laiseca, en sus clases, que según la definición del diccionario, monstruo es un ser único en su especie. Escuchándolo se me ocurrió que entonces todos somos monstruos, pues en principio todos somos únicos. Ahora bien, ser único, ser monstruo, trae problemas. La gente no soporta al que desarrolla su ser, al que es distinto, al que se anima. No porque les moleste tu osadía, sino porque con ella les estás haciendo ver su miedo. Si vos crecés, le estás mostrando al otro, sin querer, su estancamiento. Entonces el ser humano inventó una enfermedad que se llama normalidad. Es una enfermedad que se puede contraer por decisión propia. Es muy requerida, por la comodidad que produce. El problema es que también, con el tiempo, genera tristeza, frustración, dolores que no sabés de dónde mierda vienen, irritación, incomodidad y demás. Todo porque evitaste ser un monstruo. Evitaste ser lo que sos, que también trae problemas (si no, pregúntenle a King Kong), pero es, para mí, la única posibilidad de ser feliz a pesar de todo. Te van a rodear de helicópteros, te van a tirar con todo, pero la rubia se va a enamorar de vos. En mis cuentos hay personajes que son monstruos en ese sentido. Hacen lo que creen que hay que hacer, más allá de lo normal. La autoridad, los que te dicen lo que tenés que hacer también están presentes en mis narraciones; y mi odio hacia ellos.
—¿Qué cuentos te parecen “el ideal de cuento”? ¿Qué cuento te hubiera gustado escribir? 
—Me hubiera gustado escribir La canción de José, de Martín Hain, por la idea, el vocabulario, por todo. También me hubiera gustado escribir La espuma de los días, de Boris Vian, pero es novela. Delirante y conmovedora. El adiós de Morgana, de Héctor Sandro es otra novela que me hubiese gustado escribir. La recomiendo; se consigue por dos mangos y es genial. También Cuento de hadas en Nueva York, de James Patrick Donleavy, otra novela. En cuanto al cuento ideal, hace poco leí uno en la revista Axxón que me pareció un ejemplo de ficción breve. Se llama Mujer no resignada, de Daniel Avechuco Cabrera. Te puedo dar, además, una lista de cuentos que me gustaron mucho: Uno significa sí, de J.P. Donleavy; El crucificado, de Mario Levrero; Cubos parlantes, de Brian Aldiss; Jacqueline Ess, su voluntad y su testamento, de Clive Barker; El hombrecito del azulejo, de Manuel Mujica Láinez; Malcom, de Sergio Bizzio; Soy la puerta, de Stephen King; La esposa de Philip Dick, de Marcelo Birmajer; Última empresa, de Isidoro Blaisten; Geometría de sólidos, de Ian McEwan; y El gran hermano oso, de Roberto Fontanarrosa. Todos los cuentos de los libros Matando enanos a garrotazos y En sueños he llorado, de Laiseca
—¿Cómo autor, preferís los cuentos antes que la novela? 
—Si tengo siete ideas, prefiero hacer siete cuentos, y no meter siete historias en una novela. Pero la verdad es que no sé si podría planificar una novela. Me parece que hay que tener una visión previa de toda la obra, y a mí me cuesta lograrlo si es algo muy extenso. Por ahora, en cuanto a la escritura, con los cuentos me llevo mejor. Leer, puedo leer de todo. También poesía. Nazim Hikmet y Wislawa Szymborska son buenísimos, entre miles más.
—¿Cómo nacen tus historias? ¿Podés dar algún ejemplo? 
—Nacen de muchas maneras. Pensando en cualquier cosa, o sea dedicándole tiempo a no hacer nada, que es algo fundamental para que surjan ideas, y a la vez es una costumbre que se está perdiendo. Tener la mente desocupada es muy bueno. A veces me despierto y tengo una idea, una frase. Otras veces surgen cuentos de lo que veo o escucho. Pueden ser bocetos nomás, o en algunos casos historias con final y todo. Como ejemplo te puedo contar cómo nació el cuento Ingrávido. Estaba escuchando un programa de Jorge Lanata en radio, a la tarde. Siempre iba algún personaje conocido y llevaba la música que le gustaba, la pasaban y hablaban de eso. Un día fue Bobby Flores, y contó que de chico estaba suscripto a una revista que traía un curso para hacerse una nave en casa. Me pareció un delirio y empecé a pensar en eso, en cómo sería, qué pasaría. Después tuve que investigar un poco, porque no tenía ni idea sobre el tema, y luego se combinó con cosas de mi vida. Siempre de una manera u otra, en lo más realista o lo más fantasioso, uno escribe sobre lo que le pasó o sobre lo que conoce. Tengo cuentos que nacieron de un chiste, o de frases raras, pero todo se termina uniendo a vivencias personales.
—¿Cómo definirías el contenido de tu libro Ingrávido
—Creo que son cuentos con mucha imaginación, con humor y muy vinculados con la realidad. Dentro de todos los disparates que tienen, dicen algo. Eso les da sustento.
—¿Por qué elegís el delirio y la ironía para contar una historia? 
—Porque soy delirante e irónico. Hay cosas que te ayudan a vivir. Si hoy estoy mal, necesito delirar con algo que me va a pasar mañana. No como evasión, sino como una manera de salir adelante. El humor es fundamental. Siempre pienso que si no fuera por el humor ya estaría preso. La ironía es más jodida, pero lo es porque responde a cosas jodidas que te tiran los demás, así que me resulta inevitable ser irónico a veces. Ante el poder o la maldad, te podés defender siendo irónico. Y se lo merecen.
—¿Los primeros lectores de Ingrávido qué comentarios te han hecho? 
—Que quieren tener sexo conmigo. Lo estoy evaluando, caso por caso. Veremos.
—¿Qué lugar ocupa la literatura en tu vida? 
—Central. Estoy siempre leyendo, a veces solo, a veces para otros. Leo mucho con mi hijo. Y además escribo. Sigo levantándome a las 5 de la mañana para escribir, para que el día empiece con algo importante. La literatura, la música y el cine son obsesiones para mí. Recién este año me compré una PC, para ver películas, porque no tengo tele, y ya vi mil y tengo miles más para ver. También tengo libros para leer hasta que me muera, o más. Por eso no tengo tele, saca tiempo, al igual que internet. Voy al cyber, pero en casa no tengo. Se te va la vida y te queda lo tuyo sin hacer. Dicen que no hay que interesarse por las cosas materiales, porque de esta vida no nos vamos a llevar nada material. Se olvidan que tampoco nos vamos a llevar nada espiritual. ¿Entonces que nos vamos a llevar? Nada. Lo que pasa es que la pregunta está mal hecha. La cosa es ver qué vamos a dejar en este mundo. Cada uno dejará lo que quiera, pero si estamos todo el día frente a la pantallita lo único que podemos dejar es un sillón caliente.
—¿Qué significa que en tu currículum literario figure que sos hincha de Ferro? 
—Creo que el fútbol es un buen lugar para poner la irracionalidad, porque no es algo importante. Puedo seguir la bandera de un club; la de un país ni en pedo. El fútbol es algo menor, un chiste, un pasatiempo; entonces puedo jugar a ser extremista con eso. A la vez es algo lindo para compartir con amigos y conocidos, o con mi hijo, quien, casualmente, es hincha de Ferro, como yo. Soy de Ferro porque mi papá lo era y porque me crié vía de por medio con el club. Yo jugaba en una calle 41 sin salida, con un paredón. Levantaba la vista y veía el estadio de Ferro. Snif, amigos, snif. Ahora, si me preguntás qué importancia tiene eso en mi currículum, te digo que me parece que un hincha de Ferro quizás no escriba lo mismo que uno de Boca o de River. O del Barcelona. Escribís desde otro lugar. Estás en una posición de debilidad, que tenés que defender. A mí me gusta ese lugar, pero no para perder con los grandes, sino para ganarles desde la debilidad, que no es lo mismo. No me gusta perder, pero tampoco ganar desde el poder. ¿Qué gracia tiene para un hincha del Barcelona hacerle 8 goles al Almería? ¿Lo festejan? ¡Déjense de joder! Ocho goles es lo menos que pueden hacerle. Ahora, si sos del Almería y le ganás al Barcelona... Ferro le ganó una final a River en el año 1984. Tres a cero en el Monumental y uno a cero en Caballito. Todavía está la defensa millonaria bailando con la música del Beto Márcico. Esas cosas no te las olvidás jamás. Ellos nos aventajan en el historial, sí, ¿y? Cuando el dientudo de la cuadra sale con la más linda, es la gloria. Lo otro es lo que tiene que ser.

SOBRE STEPHEN KING 

Sobre el escritor de Maine, Fernando Figueras dijo: “Stephen King tiene algo genial: te mete en una historia magistralmente. Las primeras cien páginas corren a lo loco. Y tiene una imaginación y un desprejuicio que más de un autor se los compraría a buen precio. Las narraciones fluyen. Leí de él las novelas El resplandor, Carrie, Cementerio de animales y el libro de cuentos El umbral de la noche. Todos me gustaron. Soy la puerta es uno de los cuentos más espeluznantes que leí en mi vida. Pero el libro que más me gustó es Mientras escribo. En la primera parte cuenta su vida y en la segunda aconseja sobre cómo escribir, da ejemplos y cuenta sus experiencias. Buenísimo. Uno de sus últimos párrafos lo transcribo siempre en la contratapa de cada uno de los cuadernos que uso para escribir. Dice: ‘Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho, ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que hacés, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya, ser feliz.’ ¿Cómo no me va a gustar?”.