Bean Mears

Por José María Marcos (*)

Antes de volver a Salem’s Lot, Ben Mears visitó a su psicoanalista.
—Quiero regresar al pueblo donde pasé parte de mi infancia.
—¿Y por qué quiere hacerlo?
—Voy a escribir un nuevo libro.
—Sobre qué.
—No lo sé aún.
—Lo debe saber, Ben. Usted es escritor profesional. No querrá hablar de eso.
—Puede ser. Es que si hablo mucho de una historia no termino nunca de escribirla.
—Las sombras sólo pueden desaparecer cuando salen a la luz. Y usted, aunque quiere enfrentarlas, siente angustia de perderlas. Dejar atrás un miedo, o un trauma, significa una pérdida.
—Puede ser.
—¿Me va a contar de qué se trata este nuevo libro?
—Bueno, voy a intentarlo, doctor. De chico, entré a la casa de los Marsten y vi al dueño ahorcado. Todavía sueño con la lengua morada saliendo de su boca, igual que una víbora. Hace poco, leí un libro de Shirley Jackson, “The Hauting of Hill House”. La autora plantea que las casas donde sucedieron graves tragedias conservan la energía negativa, y quiero recrear esa idea a partir de mi experiencia, como una forma de exorcismo.
—Podría escribir ese libro sin tener que regresar a Salem’s Lot. ¿Por qué quiere ir, Ben?
—Salem’s Lot representa la oscuridad. Por eso hoy dejo terapia.
La cara del psicoanalista se puso pálida. Sus ojos se tornaron rojos. Crecieron sus colmillos. Su imagen desapareció del espejo.
—No se ponga así, doctor. Soy su único paciente y está desorientado. Le prometo que cuando termine el libro volveré para contarle todo. Mientras, diviértase por las noches, como en los viejos tiempos. Aproveche que ya nadie cree en vampiros.