La vida eterna

Por José María Marcos (*)

—Estimado maestro, hace tiempo que buscaba este momento para conversar sobre una duda teológica que altera mi estado de reposo. Disculpe que lo moleste a esta hora del crepúsculo, poco antes de que el convento se recluya en el silencio. ¿Podría hablarle de mis cavilaciones, aunque ello implique desconfiar sobre uno de nuestros principales preceptos?
—Querido discípulo, para eso estamos los consejeros. Lo importante es la reflexión, el análisis, el discernimiento.
—Bendita sea su misericordia y su comprensión... Pidiendo perdón por anticipado, y con gran vergüenza, debo confesar que dudo sobre la posibilidad de nuestra vida eterna…
—¿Y cuál sería el motivo de esta desconfianza, apreciado catecúmeno?
—Existir por los siglos de los siglos me parece irracional. Tarde o temprano, todo cumple un ciclo y desaparece. La humanidad es un claro ejemplo...
—El Creador afirma que nada debemos temer de cara al futuro...
—Pero, algún día, empezaremos a degradarnos... y juzgo que, tal vez, fuese más razonable aquella descabellada doctrina que hablaba de que sólo el espíritu es eterno...
—Mi dilecto devoto, aquella superstición ha sido superada. A veces, los seres ponemos a prueba lo que nos han enseñado y dudamos de la perfección de nuestro sistema, que nos hace indestructibles. Llegado a este punto, normal en nuestro desarrollo, debemos reafirmar la fe en el Creador, padre del mundo actual y conocedor de todas las civilizaciones pasadas. Padre que venció al caos y trajo el orden.
—Gracias, supremo. He comprendido.
Terminado el diálogo, los androides modelo Místico 5.0 se retiraron a sus aposentos.

(*) El relato forma parte de la edición Nº 107 de miNatura, dedicada al género breve fantástico.