Palabras de José María Marcos en el Homenaje a Pablo Martínez Burkett (1965-2026) en la Semana Negra BA. Biblioteca Ricardo Güiraldes (Talcahuano 1261, Recoleta, CABA), Jueves 8 de octubre de 2026 (*)
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Pablo Martínez Burkett era un escritor que abrazaba la pasión por la lectura y la escritura, con especial énfasis en el cuento de terror. Tenía un máster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca y era miembro pleno de la Horror Writers Association. Promovía eventos literarios y organizó los ciclos Oscuro Total y 4 Lecturas de Terror en la Legislatura Porteña. Además era abogado. En esa profesión contaba con varios títulos de posgrado y había dedicado largas horas a la docencia.
Dejó publicados los libros: Forjador de penumbras (Galmort, 2011), Los ojos de la divinidad (Muerde Muertos, 2013), Mondo cane (Muerde Muertos, 2016), Luz azul (Ediciones Otero, 2020), El banquete de Tántalo (Muerde Muertos, 2021), La ciudad que no duerme (Omashu, 2023) y Mariposas y difuntos (Muerde Muertos, 2025). Dejó cuentos y prólogos en distintas antologías, revistas y otras publicaciones.
Dejó publicados los libros: Forjador de penumbras (Galmort, 2011), Los ojos de la divinidad (Muerde Muertos, 2013), Mondo cane (Muerde Muertos, 2016), Luz azul (Ediciones Otero, 2020), El banquete de Tántalo (Muerde Muertos, 2021), La ciudad que no duerme (Omashu, 2023) y Mariposas y difuntos (Muerde Muertos, 2025). Dejó cuentos y prólogos en distintas antologías, revistas y otras publicaciones.
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Pablo Martínez Burkett amaba la literatura y escribía sin atenerse a las modas. Eso, desde ya, lo hacía un escritor particular.
Era un lector fervoroso, devoto admirador de Borges y Lovecraft.
Y tenía la vocación de que sus cuentos de terror, fantasía o ciencia ficción oscura se alimentaran de la resonancia, de lo sedimentado y de aquello que reposa en lo más profundo. Él quería alejarse de cualquier agenda.
Otra de sus características era que cultivaba una prosa en la que convivían arcaísmos, neologismos de su Santa Fe natal e invenciones de su propia cosecha. Así había fraguado un estilo cautivante.
Pablo era un gran estudioso, excelente orador, generoso maestro y gran amigo. Amaba a su esposa Carolina y su hija Ernestina, y valoraba los lazos familiares y afectivos. En esta sala hay muchos que lo conocieron y pueden dar fe de ello.
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Tuve la suerte de editarle varios de sus libros y de entrevistarlo en varias ocasiones. Para esta ocasión se me ocurrió traer algunas respuestas que me dio cuando presentó su primer libro, Forjador de penumbras (2011), allá por mayo de 2011, en un centro cultural en el Abasto, cerca de la casa donde pasó su infancia Carlos Gardel. Esas palabras dichas durante su debut literario me parecen muy representativas de su forma de ver el mundo.
Forjador de penumbras había ganado la tercera edición del Premio Literario Mundos en Tinieblas 2010, y esa tarde Pablo estaba muy feliz.
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En varias conversaciones previas, él me había contado sobre su obsesión de preguntarles a sus padres si la realidad era tal como él la veía y sobre cómo esa temprana inquietud persistía en sus cuentos.
Le pedí que hablara de eso y me respondió lo siguiente: “Cuando me enteré de la existencia de los daltónicos, empecé a preguntarme si era posible que, como ellos ven las cosas de otro color, yo pudiera estar viendo otra realidad. A partir de este concepto y por testimonios de mis padres, los colmaba de preguntas. Les decía cosas del estilo: ‘Mamá, ¿cuándo ves un árbol, ves el mismo árbol que yo?’. ‘Sí, claro, hijo’, respondía, paciente, mi mamá. ‘¿Cuándo decís árbol, hablás del mismo árbol que yo?”. De grande entendí que esas preguntas remiten al concepto de abstracción, de cómo debemos ponernos de acuerdo para determinar lo que es la realidad y de cómo, fundamentalmente, todo nuestro sistema de creencias puede ponerse en duda si indagamos un poquito. En este punto, a mi juicio, nace la literatura”.
En esa charla también hablamos de cómo lo había marcado la biblioteca de su padre. Pablo decía: “Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi padre, para traer más dinero a la familia, por las tardes era bibliotecario donde nosotros estudiábamos. Como siempre fui muy compinche con él, lo acompañaba y así pasé buena parte de mi infancia rodeado de libros, entre anaqueles con olor a papel, a cuero. Mi papá se iba a fumar y yo me quedaba jugando entre esos libros. Quizás, para mitigar mis dudas, empezó a darme cuentos de Edgar Allan Poe o Historias fantásticas, de Adolfo Bioy Casares, y con esas lecturas algo cambió definitivamente”.
En esa misma charla, Pablo me dijo que esa biblioteca le abrió las puertas a Eco, Borges, Cortázar, Papini, Poe, Lovecraft y Dunsany, entre otros.
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Cuando le pregunté por qué había bautizado Forjador de penumbras a su primer libro, aunque no hay ningún cuento con ese nombre, me dio una respuesta que habla de su obsesión por los detalles, las palabras y las ideas: “Había dos opciones: ponerle el nombre de uno de los cuentos o buscar un genérico conceptual. De arranque tenía la obsesión de que el título tuviera siete sílabas. ¿Por qué? Difícil saberlo, pero el siete tiene resonancias cabalísticas. Además, quería que el título hablara de una labranza, de una fragua, y ahí apareció la idea de ‘forjador’. Y si es verdad que soy un autor prolijo, tendrá que ver con esa búsqueda de las mejores palabras para decir lo que quiero decir, con esa lucha por darle una forma al lenguaje. Lo de ‘penumbras’ está relacionado con las preguntas, con la oscuridad existencial que nos rodea y con que, a veces, el fogonazo de un rayo nos permite divisar ciertos contornos. Vamos a tientas por la vida, y una esposa, una hija, un amigo se transforman en esos fanales que nos permiten avanzar en medio de la oscuridad, con ese báculo indeciso, como diría Borges”.
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En otro momento de la presentación le dije: “Aceptando ciertas convenciones, podríamos decir que sos una persona ‘normal’. Sin embargo, inventás personajes díscolos, obsesivos, a veces impresentables. ¿Cómo es tu relación con ellos?”.
Pablo me respondió: “Al personaje yo lo llamo ‘el energúmeno’. No creo ser yo, pero se me da bien leerlo. Desde que tengo uso de razón, más de una vez me caía más simpático lo que decía el malo, pues exponía razones más atendibles y hasta humanas. Escribir en la piel del energúmeno me resulta más natural y normal que escribir desde un hombre que tiene la vida resuelta y no se hace ninguna pregunta”.
—¿Serías abogado de alguno de tus personajes? ¿O directamente son indefendibles?
Fiel a sus convicciones, contestó: “Seguramente sería abogado de ellos, porque tienen derecho a que alguien los defienda, pero no sé si mi saber jurídico los podría rescatar de su destino”.
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Cierro con cuatro respuestas que me siguen pareciendo significativas.
Al hablar del cuento “El Dios de Piedra Negra”, donde un hallazgo inesperado hace tambalear las creencias de un profesor, Pablo me dijo: “La mayoría de las veces, los profesores nos convertimos en señores sentenciosos. Algunos, encima, se vuelven enamorados de sus discursos y sus palabras, olvidando que todos los saberes son provisorios. El cuento habla de las mentiras consentidas en los claustros y los ámbitos del saber”.
Cuando hablamos del relato “Sospechas baldías”, donde un hecho cotidiano lleva al relator a una consideración profunda sobre el universo, me dijo: “Mirando las baldosas de mi baño, descubrí que, aunque parezcan iguales, todas son distintas en cuanto a los detalles. Pensé que, quizás, la divinidad solo puede vernos como baldosas, igual que puede pasarnos a nosotros cuando simplificamos y juzgamos a los demás por el entorno social y no por la individualidad. Es una reflexión sobre las simplificaciones, que en general son muy injustas”.
A la consulta “¿Qué lugar ocupa la realidad en tu literatura fantástica?”, Pablo respondió: “Con un amigo que está presente en la sala (Javito), estábamos en Londres por cuestiones laborales. Una tarde, salimos a pasear y nos topamos con una feria donde la libra esterlina desbarataba casi todos nuestros proyectos. Sin embargo, en un puesto encontré un sello con un triskel, que es un símbolo de la mitología celta que se asemeja a la rueda de la vida. Me lo compré y ahora, con ese triskel, sello los libros de mi biblioteca. El vendedor era un ruso que hablaba inglés en forma defectuosa y, enigmático, me dijo que el triskel no lo elige uno, sino que este elige al poseedor. Mucho tiempo después, me enteré de que lo que me dijo el vendedor sale de Harry Potter. Eso habla de mi relación con esos límites siempre difusos entre la realidad y la fantasía”.
En el cierre, a la pregunta “¿Qué lugar ocupa la literatura en tu vida?”, Pablo dijo: “Adhiero a la frase de Borges: ‘Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído’. Si fuera por mí, me la pasaría leyendo y subrayando, en vez de escribir. He llegado a estar con ocho libros a la vez, sin poder precisar de dónde tomé tal o cual idea. La literatura es el permanente eco de fondo que me permite nutrirme de conocimientos, divertirme, cuestionarme, revisar mis puntos de vista. A través de la literatura he hecho grandes amigos que comparten la vocación de contar sus vidas a través de ciertos símbolos. Todo esto ayuda a vivir y, sin duda, es algo invalorable”.
Muchas gracias, querido Pablo, por tu vida y por tu obra.
Al hablar del cuento “El Dios de Piedra Negra”, donde un hallazgo inesperado hace tambalear las creencias de un profesor, Pablo me dijo: “La mayoría de las veces, los profesores nos convertimos en señores sentenciosos. Algunos, encima, se vuelven enamorados de sus discursos y sus palabras, olvidando que todos los saberes son provisorios. El cuento habla de las mentiras consentidas en los claustros y los ámbitos del saber”.
Cuando hablamos del relato “Sospechas baldías”, donde un hecho cotidiano lleva al relator a una consideración profunda sobre el universo, me dijo: “Mirando las baldosas de mi baño, descubrí que, aunque parezcan iguales, todas son distintas en cuanto a los detalles. Pensé que, quizás, la divinidad solo puede vernos como baldosas, igual que puede pasarnos a nosotros cuando simplificamos y juzgamos a los demás por el entorno social y no por la individualidad. Es una reflexión sobre las simplificaciones, que en general son muy injustas”.
A la consulta “¿Qué lugar ocupa la realidad en tu literatura fantástica?”, Pablo respondió: “Con un amigo que está presente en la sala (Javito), estábamos en Londres por cuestiones laborales. Una tarde, salimos a pasear y nos topamos con una feria donde la libra esterlina desbarataba casi todos nuestros proyectos. Sin embargo, en un puesto encontré un sello con un triskel, que es un símbolo de la mitología celta que se asemeja a la rueda de la vida. Me lo compré y ahora, con ese triskel, sello los libros de mi biblioteca. El vendedor era un ruso que hablaba inglés en forma defectuosa y, enigmático, me dijo que el triskel no lo elige uno, sino que este elige al poseedor. Mucho tiempo después, me enteré de que lo que me dijo el vendedor sale de Harry Potter. Eso habla de mi relación con esos límites siempre difusos entre la realidad y la fantasía”.
En el cierre, a la pregunta “¿Qué lugar ocupa la literatura en tu vida?”, Pablo dijo: “Adhiero a la frase de Borges: ‘Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído’. Si fuera por mí, me la pasaría leyendo y subrayando, en vez de escribir. He llegado a estar con ocho libros a la vez, sin poder precisar de dónde tomé tal o cual idea. La literatura es el permanente eco de fondo que me permite nutrirme de conocimientos, divertirme, cuestionarme, revisar mis puntos de vista. A través de la literatura he hecho grandes amigos que comparten la vocación de contar sus vidas a través de ciertos símbolos. Todo esto ayuda a vivir y, sin duda, es algo invalorable”.
Muchas gracias, querido Pablo, por tu vida y por tu obra.
(*) En el marco de la Semana Negra BA 2026 se concretó un homenaje al escritor Pablo Martínez Burkett (1965-2026). Rita Zanola, Hernán Domínguez Nimo y José María Marcos hablaron sobre la vida y la obra del autor. La bienvenida estuvo a cargo de Loyds, curador del festival. La actividad tuvo lugar el jueves 8 de octubre de 2026 en la Biblioteca Ricardo Güiraldes (Talcahuano 1261, Recoleta, CABA). MásInfo
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