Perros ladran desde la costa invisible

Cumpleaños en la isla (Cien Volando, 2016), de Fernando Garriga, transcurre en el Delta del Paraná, que funciona como espacio real, ubicándonos en una geografía y un tiempo actuales, y también, como referencia simbólica, por la presencia del río y su permanente transformación. El relato se enfoca en una instancia clave de la vida: el momento en el que un hijo atisba el mundo privado de su progenitor, con sus necesidades y deseos. Los sucesos elegidos para el inicio son prometedores: Jito (un chico mudo de 20 años) llega a la casa del Tigre para festejar el cumpleaños de Jorge (su padre, recientemente viudo) y lo encuentra manteniendo relaciones con Mario, el vicedirector de una escuela donde ambos trabajan. Esta escena —que podría preludiar una larga pelea familiar, o un melodrama— resulta el puntapié para acompañar a Jito y Jorge (y, también, a Mario) en el comienzo de un nuevo período, cargado de gestos mínimos que le ponen cuerpo a palabras que no logran pronunciarse. En estas circunstancias, Jito se da cuenta de que su padre sigue siendo “su padre” y además “casi un desconocido”, mientras que él, en tanto hijo, “es él” y a la vez “otro”. Escrita con un lenguaje directo y poético, esta nouvelle de Garriga podría llamarse también “Bautismo en la isla”, si se piensa en la ceremonia de iniciación que representa el final de una vida, para renacer en otra a través del agua, región en la que forma y consistencia se encuentran en estado latente. Las corrientes, la amenaza de la tormenta, la copiosa lluvia, la casa recibiendo los embates de la naturaleza, una pala en el jardín y hasta los restos de un espantapájaros son algunos de los elementos que le brindan carnadura a esta historia construida de manera sutil, como si cada hecho narrado fuera la resonancia de una fuerte emoción, o, tal vez, la estela de un inspirado sueño, donde “hay perros que ladran, con ecos, desde la costa invisible”. (José María Marcos, La Palabra de Ezeiza, 09-11-17)