“Petite mort”: necrofilia, cine snuff, la Condesa Sangrienta y la necesidad de tomarse unos mates

La editorial Extremo Negro presentó las novelas Petite mort, de Matías Bragagnolo, y Hotaru, de Sancia Kawamichi, el miércoles 19 de diciembre de 2014 en el Museo de la Ciudad (Defensa 219). Ezequiel Dellutri habló de Hotaru y a mí me tocó referirme a Petite mort. A continuación copio mis palabras.

Matías Bragagnolo y José María Marcos.

Petite mort (Extremo Negro, 2014) de Matías Bragagnolo

Por José María Marcos

DOS GRANDES LIBROS

Agradezco a Matías Bragagnolo que me haya invitado a decir algunas palabras sobre Petite mort, una novela que me gustó mucho, y que así se lo hice saber hace algunos meses atrás cuando desconocía que iba a compartir esta presentación en el Museo de la Ciudad, junto con Hotaru, de Sancia Kawamichi, otra gran novela que tuve la fortuna de leer.
Aprovecho para felicitar a Extremo Negro por la publicación de ambos libros, tan diferentes entre sí y tan atractivos a su manera.

EL MITO DEL CINE SNUFF

Petite mort —como estimo que la mayoría sabe— trabaja en torno al mito del cine snuff, una industria que dadas las tecnologías actuales podría existir, y por eso, despierta tanta curiosidad.
El snuff (para quienes aún no lo sepan) sería aquel cine compuesto por imágenes de asesinatos reales, violaciones y torturas, rodadas con la finalidad de distribuirlas comercialmente. “Snuff” es un vocablo que significa “rapé” o “tabaco”, aunque también indica “muerte”.
Hay filmaciones de asesinatos reales hoy en día, pero eso no es cine snuff.
El snuff sería una de las categorías de la industria cinematográfica, aunque, por supuesto, una categoría ilegal.

DEL CINE AL PAPEL

Al menos hasta donde yo sé, Petite mort sería la primera obra literaria que pone a este cine en el centro de la escena.
Acá, abriría un paréntesis para anotar dos coincidencias en el campo de la imagen y el erotismo salvaje, vinculadas a la Argentina.
Quizá lo sepan o no: la primera película porno se habría filmado en nuestro país. Se llamaría “El Sátiro” (o “El Satario”) y dataría de 1907. En el film aparece un fauno y algunas ninfas teniendo sexo al lado de un río. Hace poco apareció una copia y el mito se transformó en realidad aunque todavía sigan las discrepancias.
Por otra parte, la leyenda del cine snuff incluye una película clave (y de bajo presupuesto) filmada en Argentina en la década del 70 por dos norteamericanos (Michael y Roberta Findlay). En Estados Unidos, un productor (Alan Shackleton) decidió bautizar “Snuff” al film y promocionarlo asegurando que mostraba un asesinato real, con una frase inquietante: “Una película que sólo podía haberse rodado en Sudamérica, donde la vida no vale… nada”.
O sea que no sólo inventamos el dulce de leche, el bondi y la birome. Si no que hemos contribuido con el porno y tal vez... el snuff.

Como dije, Petite mort sería la primera obra literaria que pone a este mito en el centro de la trama. Antes, se ocupó el cine.
En lo personal, pienso que la mejor película que aborda esta temática es la española Tesis (1996), de Alejandro Amenábar, quien filmó Abre tu ojos (1997), Los otros (2001) y Mar adentro (2004), entre otros títulos.
A la sombra de Amenábar, se rodó 8mm (1999),  dirigida por Joel Schumacher, con Nicolas Cage, pero sin el brillo de la española.
Estas películas y otras como el clásico film italiano Holocausto Caníbal (1980) de Ruggero Deodato —muy recomendable para almas gore—, están citadas en este libro de Matías, que funciona sin duda como guía para los curiosos.
Y aquí marco el primer acierto de este libro: la compilación de antecedentes es excelente.

La novela arranca recordando lo que para muchos es el inicio del mito: en el verano de 1969 miembros de la familia Manson robaron un camión de la NBC-TV.
El vehículo apareció enseguida, pero Charles Manson se quedó con una cámara.
Meses más tarde, la policía allanó el rancho de los Manson y secuestró esa cámara.
En la misma se habría encontrado la filmación de un video pornográfico en el que una joven era decapitada por el clan en una playa, durante su violación.
Como en la biblioteca de cualquier abogado (incluyendo la de Matías, que es del gremio), una mitad dice que esto es verdad, y la otra, sólo una fantasía.

PREGUNTAS EN OTRO PARÉNTESIS

Abriría otro paréntesis para marcar algunas cuestiones que pensé alrededor de la novela mientras la leía.
Me pregunté, por ejemplo, ¿a qué tradición responde Petite mort? En este caso, al menos provisoriamente, me respondí que es parte de una larga cadena de literatura vinculada a la necrofilia, o sea, al deseo sexual por los muertos.
Jugué a que, tal vez, la novela podría leerse en una clave tan novedosa y vieja como la historia de Adán y Eva: la aparente disyuntiva entre la felicidad o el conocimiento.
Pensé en su nombre. “La petite mort” en francés hace referencia al orgasmo. En castellano significaría “la pequeña muerte”.
Me vinieron a la mente la enorme cantidad de poetas que comparan la muerte con el orgasmo mayor y definitivo. Algo incomprobable, pero tentador como idea romántica. Dato que es difícil de conocer de primera mano, salvo que seas Víctor Sueiro.
Recordé lo que cuenta Georges Bataille en su Breve Historia del Erotismo donde explica que lo sexual para humanos y animales se presenta de igual manera. Sin embargo, a través del erotismo, y en eso nos diferenciamos de los animales, los humanos también percibimos la presencia de la muerte. Describe las distintas formas de erotismo, pero eso no viene al caso.
En el mismo libro, Bataille cuenta que en las primeras pinturas rupestres muchos de los hombres fueron pintados con el sexo erguido, durante enfrentamientos o la caza de animales.
Indica además que en el Paleolítico Inferior (o sea hace 30 mil años) ya los hombres de aquella época (que tenían incluso otra constitución física) enterraban a sus muertos, a partir de la angustia que les causaba la muerte.

Como lector, entonces, ¿adónde me llevaron estas asociaciones?
A pensar en la paradoja de una época en la se convive con la violencia y la muerte a diario a través de muchos medios, pero que, a su vez, se tienden a desatender los ritos funerarios y de despedida.
Es como si aquello que quisiéramos negar por una vía, inevitablemente surgiera con más fuerza y virulencia por otros canales, a veces los menos esperados.

BASADA EN HECHOS REALES

En Petite mort —la incursión literaria de Bragagnolo—, todo arranca cuando Eduardo Silver, vendedor de pornografía clandestina, recibe el pedido de una película snuff.
Eduardo sabe que no existen.
Pero no se trata de un pedido que puede desoír fácilmente, porque detrás del teléfono se encuentra una persona capaz de matar por conseguir lo que busca.
En este sentido, estimo que un gran acierto de Matías es la forma en que decidió contar esta historia.
Los capítulos son como informes periodísticos, está la trascripción de un trabajo práctico sobre “la muerte y el cine contemporáneo” e incluye un guión de cine. Es decir, apela a distintos recursos “no literarios” para narrar, y lo logra con éxito.
Porque el encanto de la novela Petite mort es similar al que proponen muchas películas de bajo presupuesto que llevan la leyenda “Basada en hechos reales”. Aunque sepamos que estamos ante una ficción o una estafa, algo nos hace dudar que tal vez lo que veamos sea verdad.

DE LA CONDESA SANGRIENTA A PETITE MORT

Para ir terminando quería agregar otra libre asociación que hice al leer la novela.
La poeta Alejandra Pizarnik escribió La Condesa Sangrienta, que se publicó por primera vez en 1966. El texto es una suerte de apéndice poético de un libro anterior de Valentine Penrose, quien recopiló documentos acerca de un personaje real: la condesa Elizabeth Báthory, quien asesinó a unas 650 mujeres jóvenes.
Primero Penrose y después Pizarnik describen, entre fascinadas y asqueadas, los crímenes cometidos por la Condesa, y de algún modo, Petite mort se emparenta con los textos de ambas poetas surrealistas.
Sobre todo, con el de Pizarnik, quien tras regodearse del horror, dice: “La condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”.

UNA EXPERIENCIA NUMINOSA

En el libro Lo santo, el alemán Rudolff Otto (1869-1937) compara la experiencia religiosa con el terror.
Para Otto, la religión tiene un elemento irracional, al que llama “numen”, y que es tremendamente fascinante y angustiante a la vez, como una obra de horror.
Creo que leer Petite mort es una experiencia numinosa.
Por eso, para quienes aún no la leyeron, les traje una idea.
En Hotaru, la novela de Sancia Kawamichi, hay una viejitas que van a una iglesia a buscar agua bendita, para cebarse unos mates o hacerse un guisito.
Las viejitas siempre la tienen clara, y aconsejo seguir su ejemplo.
Antes de leer Petite mort, consigan bastante líquido santificado y se toman unos buenos amargos.
Recién luego se zambullen en las páginas de Petite mort.
Así, protegidos, confío en que van a vivir una gran experiencia entre el rechazo y el no poder dejar de leer, entre el asco y la fascinación.

Da la bienvenida el editor Carlos Santos Sáez.
Matías Bragagnolo y José María Marcos.
Matías Bragagnolo y José María Marcos.
Martín Sancia y Ezequiel Dellutri.
Matías Bragagnolo y Sancia Kawamichi. 
Parte del equipo de Extremo Negro y autores amigos.