La modesta y secreta complejidad

Reseña de Equipaje del alma, de Lidia Verjano de Mazzeo (Dunken, 2012), para La Palabra de Ezeiza

En el prólogo a su libro El otro, el mismo (1964), Jorge Luis Borges dice: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.
En las piezas que componen Equipaje del alma, Lidia Verjano de Mazzeo parece haber alcanzado este ideal borgeano de crear con palabras en apariencia modestas una recapitulación de sus días a través de de la secreta complejidad de la poesía. “Si buscas, ávido, la clave / de lo que creas mi código secreto, / entiende que nunca la he ocultado, / vuelve tus ojos al portal del verso”, dice la escritora en “Siempre el hombre” para que comprendamos que, tal vez, la poesía está hecha de la misma sustancia que la vida.
“Yo soy la búsqueda incesante / el intento de vuelo, permanente. / El superar cada etapa frustrante, / el aspirar a instancias trascendentes” se presenta en “Autorretrato”, mientras que evoca sus orígenes en varios pasajes, como aquel en el que recuerda a su abuelo inmigrante: “Soy la orgullosa nieta / de ese humilde portero / que en Parque Chacabuco / me enseñó que al columpio / no hay que tenerle miedo / y me enseñó a volar / hasta tocar el cielo”.
Nada de lo humano le es ajeno, y, entonces, la materia de su poesía puede estar en la vejez, en la ciudad de Buenos Aires, en un día de lluvia, el recuerdo de la Guerra de Malvinas, su paso por la docencia, su hija Mariana, su nieto, el amor, los desengaños y la muerte. En “Tarde gris” evoca a colegas de la región que la han acompañado durante años, como Carmen Casco de Aguer, Iris Martín de Darago, Isolina Siciliano, Amanda Acuña de Barton, Alfredo Lasalle, Blanca de Viglione, Antonio Blanco, Julia Cerles y Tito Saieg, creando una de las páginas más bellas y nostálgicas.
“De tranvías y manzanas verdes” es otro de los pasajes más admirables. En él, Lidia describe cómo la visita a la casa del abuelo puede transformarse en una experiencia que marca un antes y un después en la vida de una niña. Es una historia de semblante cándido, pero que pinta con suaves pinceladas las luces y las sombras de la existencia.
Lidia nació el 18 de agosto de 1938, en Capital Federal, y a los diez años se mudó a José María Ezeiza, donde desarrolló sus vocaciones de docente y poeta, y se convirtió en colaboradora de distintas entidades de bien público. “Yo te abro las puertas de mi alma / sin misterios, sin reservas, sin dudar. / Sólo falta que tú quieras, de mi mano, / los senderos de mi alma transitar”, dice la escritora en una invitación que aquellos amantes de la palabra deberían aprovechar.