“Me atrae el casino y su entorno, porque tratar de vencer al azar es como querer ganarle al destino”

Mis respuestas a las 8 preguntas del suplemento literario de La Capital de Mar del Plata.

1) ¿Qué error le molesta más advertir en un texto literario y cuál es el último que halló en el libro que está leyendo o que acaba de leer?
Las erratas son una plaga. Las que más me molestan son las que se manifiestan en un texto propio, después de haberlo leído una y otra vez. Hacia el resto tengo una mirada de misericordia (salvo que sea una jungla de erratas), porque sé que la corrección es agotadora. ¿Cuándo fue la última vez que hallé un error en un texto literario? Hoy mismo, pero prefiero olvidarlo.
2) ¿Qué situación de su vida cotidiana encontró reflejada con sorpresiva exactitud en un libro, una película, una canción o cualquier otra obra de arte?
Una gran cantidad. Mientras leía El misterio de Salem’s Lot, de Stephen King, me sentía identificado con ciertas sensaciones del escritor Ben Mers en el regreso a su pueblo natal, en relación a su mirada sobre el paso del tiempo, pero, claro, no suelo luchar contra vampiros. Al leer Los gusanos de la tierra, de Robert Howard, pude sentir la bronca y la impotencia de su protagonista frente a la injusticia, aunque no celebro pactos con los seres que viven en el centro de la tierra. Hay una frase de Alejandra Pizarnik que siento cercana: “Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde”.
3) ¿De qué lugar, personaje común o circunstancia en general que ofrece Mar del Plata se apropiaría para incorporarlo como pasaje central de alguna de sus obras?
Me atrae el casino y su entorno, porque tratar de vencer al azar es como querer ganarle al destino. En la novela Recuerdos parásitos (quién alimenta a quién...) escrita junto a mi hermano Carlos, un personaje viaja a Mar del Plata, porque cree haber descubierto un método infalible para vencer a la ruleta. Así le va al pobre infeliz.
4) ¿Cuál es el mejor diálogo que recuerda entre dos personajes de ficción?
En este momento recuerdo uno de La peste, de Albert Camus:
—Admitámoslo —dijo Cottard—, admitámoslo, pero ¿a qué llama usted la vuelta a una vida normal?
—A nuevas películas en el cine —dijo Tarrou, sonriendo.
Lo usé como epígrafe del cuento “Películas”, que está en mi libro Los fantasmas siempre tienen hambre.
5) Si le permitieran ingresar en una ficción y ayudar a un personaje, ¿cuál sería y qué haría?
Algunas novelas se terminarían enseguida si ayudáramos al personaje. Igual, le daría una mano al protagonista de Las tumbas. Nadie merece vivir en esos horribles orfanatos que describe Enrique Medina.
6) ¿Recuerda haber robado un libro alguna vez? ¿Cuál o cuáles?
Hurté Historias prohibidas, de Enrique Medina, en una librería de usados en Lomas de Zamora. No evoco aquello como algo memorable. A los demás libros de Medina los pagué religiosamente.
7) Un extraño hongo se esparce por su biblioteca y consume de manera irrefrenable los libros. Solo dispone de unos segundos para actuar y salvar a tres de ellos. Lo que usted hace para ganar tiempo es arrojar a la voracidad del hongo a otros tres libros. ¿Cuáles serían los sacrificados y cuáles los salvados?
¡Vade retro, maldito champiñón! ¡Arcángel San Miguel, arroja al fuego a la trufa luciferina que merodea mi biblioteca! Si falla este conjuro, y no me queda otra, rescato: La saga de los confines, de Liliana Bodoc; Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato; y Beber en rojo (Drácula), de Alberto Laiseca. Para hacer tiempo, arrojaría tres tomos de tapa dura del Manual moderno de contabilidad, y le diría al hongo: “Ahora, ¡demostrame que sos guapo!”.
8) Se le concede la extraordinaria excepción de hacerle una única pregunta a uno de sus tantos escritores predilectos. ¿Qué le preguntaría?
A Pizarnik, a quien adoro, le preguntaría: “Che, Ale, ¿nos tomamos unos mates? Contame en qué andás”. Me gusta pensar que, con unos verdes y menos manija, aún la tendríamos entre nosotros.

Nota publicada en enero de 2012.