Forjador de penumbras, de Pablo Martínez Burkett (1º Premio Mundos en Tinieblas)

José María Marcos comentó aspectos de la obra y realizó un reportaje al ganador de la tercera edición del certamen de la editorial Galmort.

Alejandro Geloso, Pablo Martínez Burkett y José María Marcos.

Pablo Martínez Burkett presentó Forjador de penumbras (Galmort, 2011), el sábado 14 de mayo de 2011, en el Centro Cultural Guapachoza (Jean Jaures 715, ciudad autónoma de Buenos Aires). Ganador de la tercera edición del Premio Literario Mundos en Tinieblas 2010, Burkett estuvo acompañado por el editor Alejandro Geloso y el periodista y escritor José María Marcos, quien dialogó con el autor. Tras el reportaje, Burkett deleitó a los presentes con la lectura de “La doncella de hierro” y “Sospechas baldías”.

Martínez Burkett y Marcos.
“ALEGORÍAS DE LA REALIDAD

“Pablo Martínez Burkett es básicamente un hombre de letras y sus cuentos fantásticos son claves o alegorías de la realidad, como bien dice Roberto Alifano en el prólogo de Forjador de penumbras. A Pablo, le preocupa el lenguaje y siempre está buscando las palabras precisas para cada historia. Puede rescatar del olvido vocablos de uso infrecuente, que dentro de su prosa suenan vigentes y nos recuerdan que quizá sea cierta esa afirmación de que la literatura vive en otro espacio y otro tiempo. Su forma de construir historias le ha valido el reconocimiento en más de diez certámenes y, recientemente, ganó el Premio Literario Mundos en Tinieblas 2010, por el que estamos hoy reunidos”, expresó José María Marcos en el comienzo de la entrevista.

“MAMÁ, ¿CUÁNDO DECÍS ‘ÁRBOL’, HABLÁS DEL MISMO ÁRBOL QUE YO?”

—Pablo, comencemos por la infancia. De niño solías hostigar a tus padres preguntando si la realidad era como la veías. ¿Cómo surgió esa obsesión?
—Cuando me enteré de la existencia de los daltónicos, empecé a preguntarme si era posible que, como ellos ven las cosas de otro color, yo pudiera estar viendo otra realidad. A partir de este concepto, y por testimonios de mis padres, los colmaba de preguntas. Les decía cosas del estilo: “Mamá, ¿cuándo ves un árbol ves el mismo árbol que yo?”. “Sí, claro, hijo”, respondía, paciente. “¿Cuándo decís ‘árbol’ hablás del mismo árbol que yo?”. De grande entendí que esas preguntas remiten al concepto de abstracción, de cómo debemos ponernos de acuerdo para determinar lo que es la realidad, y de cómo, fundamentalmente, todo nuestro sistema de creencias puede ponerse en duda, si indagamos un poquito. En este punto, a mi juicio, nace la literatura.
—Varios autores coinciden en que “las primeras lecturas determinan el escritor del futuro”. ¿Pensás que es así? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
—Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi padre, para traer más dinero a la familia, por las tardes era bibliotecario donde nosotros estudiábamos. Como siempre fui muy compinche con él, lo acompañaba y así pasé buena parte de mi infancia rodeado de libros, entre anaqueles con olor a papel, a cuero. Mi papá se iba a fumar y yo me quedaba jugando entre esos libros. Quizás para mitigar mis dudas, me empezó a dar cuentos de Edgard Allan Poe, o Historias fantásticas, de Adolfo Bioy Casares, y con esas lecturas algo cambió definitivamente. Conocí a Baudelaire, a Lovecraft. A Borges tardé en llegar; lo leía de chico en la escuela y no me gustaba. Me acerqué a él a través por la Antología de literatura fantástica, compilada entre Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo.
—¿Qué autores considerás hoy tus maestros? ¿Y por qué?
—Nombrar a alguno de mis autores predilectos como “maestro” sería imputarles un cargo que nos les corresponde. Debo reconocer que no leo autores contemporáneos. Siempre estoy buscando algún libro de Umberto Eco sobre semiología, y sigo lo que dice él: “Si a usted le gusta un autor, lea los autores que le gustaron a ese autor, y así se le ensanchará el horizonte”. En mi caso empecé por Adolfo Bioy Casares, y me declaro tributario de él, igual que de Borges y Cortázar. También, le debo mucho a Giovanni Papini, Poe, Lovecraft y Lord Dunsany, entre otros. Ya los romanos decían: “Para modernos, los clásicos”, y, como por definición soy un hombre clásico, me ciño a esos modelos.
—¿Tenés algún cuento que considerás el ideal de cuento?
—Hay muchos. Por parentesco con alguna temática, nombraría dos de Borges: “El Aleph” y “El jardín de senderos que se bifurcan”. Como yo fui a la universidad que está en la calle Garay, me gustaba imaginar que algún día iba a encontrarme con este punto, con ese Aleph que es el resumen de todo. “El jardín...” es un cuento de una profundidad enorme y contempla la multiciplicidad de universos que podríamos vivir, aunque siempre debemos optar por uno, sin saber si los otros, a su vez, no se siguen tramando en otra dimensión. De Cortázar, mi ideal es “Casa tomada”. Clarice Lispector solía decir que las palabras son como anzuelos que nos permiten pescar lo que no es palabra, y “Casa tomada” es un claro ejemplo de ello.

EL FORJADOR DE ENERGÚMENOS

—¿Por qué le pusiste Forjador de penumbras al volumen, aunque no hay ningún cuento con ese nombre?
—Hasta ahora sólo había publicado en antologías, y el título nunca había sido una preocupación. Había dos opciones: ponerle el nombre de uno de los cuentos, o buscar un genérico conceptual. De arranque tenía la obsesión que el título tuviera siete sílabas. ¿Por qué? Difícil saberlo, pero el siete tiene resonancias cabalísticas. Además, quería que el título hablara de una labranza, de una fragua, y ahí apareció la idea de “forjador”, y si es verdad que soy un autor prolijo, tendrá que ver con esa búsqueda de las mejores palabras para decir lo que quiero decir, con esa lucha por darle una forma al lenguaje. Lo de “penumbras” está relacionado con las preguntas, con la oscuridad existencial que nos rodea, y con que, a veces, el fogonazo de un rayo nos permite divisar ciertos contornos. Vamos a tientas por la vida, y una esposa, una hija, un amigo, se transforman en esos fanales que nos permiten avanzar en medio de la oscuridad, con ese báculo indeciso, como diría Borges.
—Aceptando ciertas convenciones, podríamos decir que sos una persona “normal”. Sin embargo, inventás personajes díscolos, obsesivos, a veces impresentables. ¿Cómo es tu relación con ellos?
—Al personaje yo lo llamo “el energúmeno”. No creo ser yo, pero se me da bien leerlo. Desde que tengo uso de razón, más de una vez me caía más simpático lo que decía el malo, pues exponía razones más atendibles y hasta humanas. Escribir en la piel del energúmeno me resulta más natural y normal que escribir desde un hombre que tiene la vida resuelta y no se hace ninguna pregunta.
—¿Serías abogado de alguno de tus personajes? ¿O directamente son indefendibles?
—Seguramente sería abogado de ellos, porque tienen derecho a que alguien los defienda, pero no sé si mi saber jurídico los podría rescatar de su destino.
—Al momento de escribir, ¿qué importancia tienen el ambiente o la atmósfera?
—Nunca pensé en ello. La mayoría de historias nace de un hecho que sucedió en la vida real. Escribo a partir de una anécdota, un hecho simple o baladí, para luego meterme de lleno en lo anormal o lo fantástico. Aunque no tengo una idea consciente de cómo desarrollar un ambiente, creo que cada historia viene con una atmósfera, con algún clima, que trato de alcanzar.
—En los cuentos de Forjador de penumbras hay fatalidad, una divinidad desaprensiva, un mejor no saber para vivir feliz, una realidad que siempre esconde otra realidad o que está a punto de resquebrajarse. Estas obsesiones cruzan todo el libro, pero están contenidas en cinco relatos que parecen darnos la clave de la obra. Hablemos primero de “Regreso a Los Perales”, donde la lucha de federales y unitarios irrumpe en nuestros días. ¿Cómo trabajaste para unir la tradición fantástica con la historia argentina?
—Mis historias tienen que ver con una tensión entre “la realidad real” y lo irrupción de lo fantástico. El origen de este cuento es totalmente imprevisible. Por razones familiares, acompaño a mi señora en cuestiones vinculadas a la vida rural, cuando lo más rústico que antes había tocado durante toda mi vida había sido un teclado. Todo ese universo me dio las pistas para contar la historia de un “energúmeno urbano” que se ve sumergido en la vida rural y descubre un país inexplorado por él. El nombre de Los Perales surgió por otra casualidad: una tarde, cuando volvíamos por la ruta, en medio de la nada, sintonizamos una radio y apareció una canción de José Luis Perales.
—Vayamos a “El sueño de otro”, donde los hombres parecemos ser manifestaciones de algún ser que nos sueña, un tema clásico de la literatura fantástica.
—Así como solemos fastidiarnos con la idea de “Si hubiera hecho tal cosa, hubiera evitado tal otra”, uno descubre que hace cosas que le vienen dadas por la esperanza de otros (por ejemplo, papá y mamá esperan que uno sea el abanderado en el colegio, y entonces, finalmente, uno lo es). ¿Y si esto que ocurre con los hombres ocurriese con la divinidad? De ese interrogante nació el cuento.
Firma de ejemplares.
—En “El último pretoriano” podemos escuchar “la risa” de la divinidad. Contamos algo de este relato que habla de lo efímero de la vida.
—La historia es real. En la antigua Roma, en la época imperial post República, empezaron a sucederse emperadores que duraban muy poco tiempo, pues obtenían sus títulos mediante canalladas o vilezas. Estos villanos disfrutaban del poder muy transitoriamente, porque los mismos que los elevaban eran aquellos que los traicionaban inmediatamente. En el fondo, la vana pretensión del cuento es recordar que aquello que te hace importante puede ser reducido a la nada de un día para el otro.
—En “El Dios de Piedra Negra”, un hallazgo inesperado hace tambalear las creencias de un profesor y podemos percibir cómo los hombres no estamos preparados para recibir tan pasiblemente ciertos descubrimientos.
—La mayoría de las veces, los profesores nos convertimos en señores sentenciosos. Algunos, encima, se vuelven enamorados de sus discursos y sus palabras, olvidando que todos los saberes son provisorios. El cuento habla de las mentiras consentidas en los claustros y los ámbitos del saber.
—Cerremos con “Sospechas baldías”, donde un hecho cotidiano lleva al relator a una consideración profunda sobre el universo.
—Mirando las baldosas de mi baño, descubrí que, aunque parezcan iguales, todas son distintas en cuanto a los detalles. Pensé que, quizás, la divinidad sólo puede vernos como baldosas, igual que puede pasarnos a nosotros cuando simplificamos y juzgamos a los demás por el entorno social y no por la individualidad. Es una reflexión sobre las simplificaciones, que en general son muy injustas.

HARRY BÚRKETT

—¿Qué lugar ocupa la realidad en tu literatura fantástica?
—Con un amigo que está presente en la sala (Javito), estábamos en Londres, por cuestiones laborales. Una tarde, salimos a pasear y nos topamos con una feria donde la libra esterlina desbarataba casi todos nuestros proyectos. Sin embargo, en un puesto encontré un sello con un triskel, que es un símbolo de la mitología celta, que se asemeja a la rueda de la vida. Me lo compré, y ahora, con ese triskel sello los libros de mi biblioteca. El vendedor era un ruso que hablaba inglés en forma defectuosa, y, enigmático, me dijo que el triskel no lo elige uno, sino que éste elige al poseedor. Mucho tiempo después, me enteré de que lo que me dijo el vendedor sale de Harry Potter. Eso habla de mi relación con esos límites siempre difusos entre la realidad y la fantasía.
—¿Qué lugar ocupa la literatura en tu vida?
—Adhiero a la frase de Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Si fuera por mí, me la pasaría leyendo y subrayando, en vez de escribir. He llegado a estar con ocho libros a la vez, sin poder precisar de dónde tomé tal o cual idea. La literatura no ocupa todo el lugar que yo quisiera, pero es el permanente eco de fondo que me permite nutrirme de conocimientos, divertirme, cuestionarme, revisar mis puntos de vista. A través de la literatura he hecho grandes amigos que comparten la vocación de contar sus vidas a través de ciertos símbolos. Todo esto ayuda a vivir, y, sin duda, es algo invalorable.