¿Por qué si la lectura es algo tan copado, en la escuela lo enseñan como si fuera una mierda?

Partes de guerra. Una temporadita en TP, de Walter Lezcano (Editorial Mancha de Aceite, 2009, 80 páginas). Por José María Marcos

Suelo pensar que cada persona debería escribir al menos un libro, o, bien, que cada persona merece relatar su historia. Parece una exageración, lo sé, pero es lo que creo cuando alguien me cuenta parte de su vida y me hace entender por qué es lo que es.
Sé que esta idea va contra toda lógica. Incluso contra aquellos que afirman que hay demasiados libros en el mundo (algunos juzgan que hay demasiada gente), pero tampoco creo que debamos conocer todo lo que hay dando vueltas por allí. De hecho nadie lo puede hacer, y nadie lo hace.
Volví a meditar en esto cuando leí Partes de guerra. Una temporadita en TP, de Walter Lezcano, a quien conocí el viernes 4 de septiembre durante una charla sobre editoriales independientes en la Biblioteca Nacional. Walter participaba del panel de expositores por haber creado la Editorial Mancha de Aceite, “la primera editorial independiente de San Francisco Solano”, mediante la cual publicó estos textos autobiográficos (“les hice ciertos retoques, pero básicamente hablo de hechos verídicos”, me confesó), que funcionan como su presentación de docente, escritor y, ahora, editor.
Partes de guerra... está formado por unas 80 páginas (que se acaban en más o menos media hora de lectura) con jirones de la vida de Walter, quien mediante diversos textos trata de objetivar qué significa “la literatura” y por qué es tan importante como comer y dormir, sobre todo en lugares como San Francisco Solano.
En este breve repaso me enteré de que, en medio de privaciones, la lectura fue su brújula: “Los libros fueron una buena trinchera, un refugio protector. Una salvación. Las balas me rozaban la cabeza y yo, con Trópico de Cáncer abierto en mis manos, me cagaba de risa”. Y que su primera incursión en la literatura lo hizo interesarse en la docencia: “Era El túnel, de Sabato. Ese fue un momento groso en mi vida. Cuando uno encuentra algo. Y no me refiero al libro en sí, sino a la literatura en general. Ahí, cuando terminé de leer la novela, me pregunté ¿por qué si la lectura es algo tan copado, en la escuela lo enseñan como si fuera una mierda? Por qué te hacen odiar el momento de ver una página escrita. Y decidí que iba a hacer algo para cambiar eso. En ese momento supe que sería profesor de lengua y literatura. Recién estaba en segundo año”.
Walter cuenta, entre otras muchas cosas, que su novia le regaló la monumental novela de Alberto Laiseca, Los sorias, que deseaba leer con fervor; y que escuchó hasta el hartazgo el disco Artaud, de Luis Alberto Spinetta, quedándole grabada la frase “Mañana es mejor”. Por eso, quizás, se permita señalar que su principal lucha es no dejar de creer en el prójimo: “Es horrendo ver la orfandad representativa de este momento particular de la historia. Yo tengo treinta años recién estrenados y mi lucha es contra el cinismo. No quiero pensarme como un piola que está vuelta de todo”. Desde esta mirada agrega: “Soy el primer profesional de la familia, algunos no terminaron el secundario, y es un verdadero orgullo para todos (lo digo con una emoción purísima y sin un ápice de ironía). Porque, como dice la tapa de un disco de Ariel Minimal, un hombre solo no puede hacer nada”.
La Editorial Mancha de Aceite nació este año tras su contacto con Lucas Funes Oliveira, de Editorial Funesiana, y así lo reconoce en un capítulo dedicado a su colega, donde hace otra declaración de principios: “La onda es intervenir. Tratar de contaminar algún espacio, por más pequeño que sea, para no sentir que mi destino lo escriben otras personas. De eso se trata escribir, de eso se trata la literatura. Y también la docencia”.
La supuesta violencia de los pibes de hoy, el desamparo de las escuelas públicas, la falta de futuro, la discriminación, la pobreza estructural y otros tópicos son abordados en estos valiosos textos escritos desde una trinchera, en la que Walter Lezcano —siguiendo un viejo proverbio oriental— ha elegido prender una vela antes que maldecir a la oscuridad.
La verdad, me gustó leer este libro. Creo conocer un poco más a su autor.