La palabra, el jardín y el patio
Por José María Marcos, a propósito de los 5 años de Patio al Sur
En el año 2021 —aún en plena pandemia, y como una reacción más instintiva que racional— decidí mejorar el jardín de la redacción de La Palabra de Ezeiza, semanario donde trabajo desde hace más de treinta años.
En la sede de La Palabra funciona actualmente Patio al Sur desde octubre de 2024. Pero en ese entonces recién estaba poniéndose en marcha el club de lectura y el sello editorial todavía estaba lejos.
¿Por qué me puse a arreglar el jardín, allá por marzo o abril del 2021?
Cursábamos la cuarentena del Covid-19. La gente permanecía muy encerrada, los encuentros se daban de manera virtual y la redacción, que antes se poblaba de gente, era cada vez menos visitada.
Allí suelo ir rigurosamente los jueves para encontrarme con gente, atender consultas, y, de pronto, no venía nadie.
Una tarde, desde mi escritorio, miré hacia afuera, a través de la ventana, y decidí ir a fijarme qué plantitas estaban secas, cuáles necesitaban un cambio de maceta. Empecé a pensar cómo embellecer ese lugar. Mi señora, Raquel —aquí presente—, podía asesorarme y aportarme algunas variedades. Indicarme qué gajos llevar, un potus, algunas suculentas. También podía traerme algunos ejemplares de la casa de mis viejos, desde Uribelarrea.
En el proceso —que hoy continúa— hubo alegrías, sorpresas, decepciones. Alguna plantita no prendió. La zona pasó unos meses de sequía y las hormigas se comieron hasta un cactus. Tuve que ponerles límites a los caracoles, y aún sigo luchando. Aprendí qué plantas necesitan más riego y cuáles menos. Cuáles necesitan un poco de fertilizante, más luz, más sombra. A algunas les sienta mejor estar junto a la reja del fondo; otras, contra el paredón, al lado de la enredadera. Aún sigo aprendiendo. Estoy en eso.
Una de mis plantitas preferidas —lo digo acá, donde ellas no escuchan— es una que yo llamo “monedero” y que tengo desde que llegué a Ezeiza, hace tres décadas. Esa planta me acompaña desde la primera sede. Cuando la vi seca, creí que estaba muerta, pero igual la regué y, para mi sorpresa, empezó a resurgir.
Al invitarme a la charla, Pablo y Sammu me dijeron que cada uno tenía que desarrollar un tema. No tenía idea de qué hablar, pero se me impuso este asunto, porque recordé una nota del dramaturgo Mauricio Kartun donde hablaba de su relación con las plantas y citaba un proverbio chino que dice, entre otras cosas, que para ser feliz un rato alcanza con emborracharse; para ser feliz una semana, hacer un viaje; y para serlo toda la vida, cuidar un jardín.
Kartun mencionaba la relación entre la jardinería y la creación y, reescribiendo a los chinos, decía que él encontraba la felicidad al cuidar el jardín mientras escribía. Y agregaba que el jardín y la escritura son un buen dúo, porque permiten “crear una pequeña utopía y habitarla”.
No estoy invitándolos a dedicarse a la jardinería, aunque la recomiendo, pero sí deseo que Patio al Sur siga siendo un lugar donde todos los que lo habitamos —los que llegaron al principio, los que se fueron sumando, los que vendrán— puedan conectarse, en estos tiempos tan propicios para la velocidad, con lo lento, con lo paciente, con lo profundo que propone la escritura.
Porque lo más significativo —aquello que se convierte en un acontecimiento constitutivo— surge de saber escuchar, de prestar atención, de acompañar, de cultivar los silencios y las palabras en nuestro jardín interior, en nuestro patio al sur.



